lunes 14 de noviembre de 2011

Aforismo








Dicen de la "multiplicidad" del universo. Lo entiendo como paradigmas que se multiplican y que se reflejan.
Observar la cascada de Wang Wei es ver en profundidad el universo, la marea de ese "cuerpo-respiración" que lo produce (no que lo reproduce). Como los retratos del bambú en donde se percibe el pincel-brazo-muñeca que emerge. Mancha que pide dirección, punto haciéndose línea, línea haciéndose plano, plano haciéndose luz, luz que se hace niebla y roca (acaso pediremos más poesia?).
Ahora sé que el bambú brota de la tierra solo seis años después de germinado, aunque en realidad esos seis años, en donde no se ve brote alguno, su raíz erige un sistema complejo de cimentación que sostiene la elevación de su cuerpo hasta 30 metros de altura. Justo como el proceso creativo de un libro: se necesita mucho tiempo bajo tierra para poder brotar. Y solo después de mucho (ojalá fuera así) puede crecer el proyecto, dependiendo de su profundidad, de qué tan complejo se enhebró el pensamiento puede sostenerse o venirse abajo un libro entero.
"Multiplicidad" del universo en la ilustración.

sábado 5 de noviembre de 2011

PEONZA

Hace poco Javier Sobrino y yo charlamos un poco, a él se le ocurrió hacerme una preguntas que después se publicaron en la revista Peonza.
Aquí el texto:


1.- ¿Qué te llevó a elegir la Ilustración como profesión?
Primero fue el azar, después vino el anhelo y ahora es un fervor. Mi comienzo fue cuando ayudaba a mi hermana dando color a sus dibujos o copiando tipografías en un acetato para alguna portada, yo trabajaba como asistente de un maestro escenógrafo y amaba el teatro, por los apuros económicos tuve que entrar a la televisón pero fue una mala decisión; justo en ese tiempo mi hermana me propuso que le ayudara a hacer algunos dibujos y decidí dejar mi trabajo, un dibujo siguió a otro y por las noches mi hermana me prestaba su Quadra 605 (de 25 MHz) mientras experimentaba con dibujos vectoriales, hasta que un día me invitó a ilustrar un cuento y de ahí hasta ahora que se ha vuelto una parte importante de mi vida el ilustrar y hacerlo desde un ordenador.
2.-¿En qué medida tus estudios de Artes Escénicas influyen en las imágenes de tus libros?
Creo que influyen como mis recuerdos, de alguna u otra manera todo nuestro pasado se vuelve un trazo que nos delínea abasteciéndonos de muchas imágenes e ideas. Al principio creo que este bagaje aparecía muy esporádicamente, hasta que se fue robusteciendo y actualmente se ha vuelto parte de mi discurso, una forma de asumirme en el origen que construye mi mirada. Y no solamente son imágenes sino formas conceptuales también, la manera de “montar” una imagen, de conceptualizarla. Es la firmeza que me sujeta cuando me extravío o me confundo. Ya ahora se ha vuelto mi piso desde donde miro el mundo.
3.- ¿De dónde proceden los personajes  de tus obras, algunos de los cuales se repiten en algunos libros?
Hay insistencias que provienen de la fascinación o de lo que me sigue inquietando, recuerdos que siguen generando asombro en mi, creo que por eso la insistencia, es como cuando a uno le llama la atención alguien y existe algo de ese alguien que no logra descifrar qué es pero que hace que uno no pueda dejar de contemplarlo, entonces esa figura se cubre de un halo de misterio que fascina; ese desconocimiento abre un espacio imaginativo enorme, otorgándole permanencia entre los recuerdos y se vuelve casi una obsesión, los sombreros, el gesto, las alas, los pies descalzos, es como un universo poblado unicamente por una sola especie. Su origen es muy diverso, tal vez  proviene de alguna fotografía, de una película, de las fotos de casa o de la gente que anda en la calle, ahí es donde probablemente recoja estos personajes, pero no sé, es difícil precisar un lugar, aunque siempre tengo el recurso de cerrar los ojos y poderlos encontrar.
¿Y por qué esa  indumentaria común a algunos de ellos: camisetas de rayas, pantalones con tirantes…?
Es algo muy lúdico, amo ese aire de “otro tiempo” o de “otro mundo”, me fascina, las rayas para mi me remiten a la infancia y no porque me vistieran así, sino porque recuerdo a un personaje que aparecía en la televisión que se llamaba “Cachirulo” y contaba cuentos a la vez que los escenificaba, su vestimenta justamente era una camisa a rayas y su cabello era de color naranja, usaba zapatos con hebillas y vivía en un mundo mágico para mi, de hecho el programa se llamaba Teatro Fantástico. Todo me hacía imaginar que efectivamente, era de otro mundo, de ahí la reminisencia.
4.-¿Qué papel juega el color en tus ilustraciones? ¿Por qué te decantas por gamas de grises, ocres, azules… y algún color que destaca? ¿Qué intencionalidad tiene?
Es un trabajo que pretende ordenar al color como elemento sustancial, la economía del color permite jerarquizar y significar el color, la idea es muy sencilla, la penumbra anuncia, enmarca y paradójicamente alumbra, ahí es donde el color cobra un valor jerárquico y puede significarse, por eso todo esta enmarcado en grises. Sucede también en el teatro, la penumbra, que en la imagen sería ese agrisado, le da un peso dramático al cenital que potencializa el color, por eso la paleta de color con una sola base de donde surge el color acento. Este criterio posibilita la significancia del color, de escribir con él significados y ayuda mucho a realizar metáforas legibles, o al menos ubicables. Esta idea le devuelve al color pigmento su valor luz, es decir, si a una serie de colores los velamos con un azul, los colores se unifican y emerge una atmósfera de un solo tono como si en realidad fueran bañados por una luz azul, físicamente esto sucede así, es la cualidad de las veladuras en la pintura, la veladura es una luz que baña como una luminaria que tiñe cualquier color.
5.-¿Cuál es tu proceso creativo? ¿Cómo es la evolución de tus ilustraciones desde su gestación inicial hasta las artes finales?
El proceso es muy conflictivo y de mucha incertidumbre, siempre empiezo escribiendo palabras y bocetando formas sin saber muy bien hacia dónde ir, hasta que el propio diálogo que hay en ello me lleva a tierra firme. Este primer paso es muy intuitivo, viene cuando leo por primera vez el texto y una palabra aparece contundente y permanentemente en la lectura, de ahí siempre parto para otras lecturas a la vez que empiezo a dibujar rostros centrándome en amplificar el universo del gesto, todo es a priori, no reflexiono nada, solo intuición, entonces, se va haciendo una ruta que va encontrando idea y consolida esa primera palabra o la cuestiona, es trabajar ciegamente para encontrar algo, horadar la nada, eso que nos deja ver lo que estabamos buscando aunque no lo supieramos, solo hasta que lo tenemos enfrente nos damos cuenta que los buscábamos. Entonces el dibujo lo ilumina todo. De ahí hago un trabajo paralelo con el color y su textura, para mi esta parte es como adjetivar el color. Poco a poco todo se va enhebrando. Es riesgoso porque pueden pasar días sin encontrar nada o lo que se tenga encontrado no sirva de mucho, pero la necesidad se ayuda con la insistencia y al final todo encuentra sentido, entonces uno se reduce y esa primera palabra lo dirige todo y los elementos juegan por si solos. Avanzo sin orden a la vez, ya que a veces me detengo en un detalle o prefiero solucionar el ritmo del libro o hasta me entretengo escribiendo historias, ahí pongo en práctica algo que aprendí de Pablo Amargo, hago preguntas, una y otra vez, sin dejar de dibujar y sin dejar de montar imágenes, las hago en voz alta, las escribo o a veces termino mirando la ventana como bobo, hasta que milagrosamente, la relación de alguna figura o algún objeto lo dice todo: lo encontrado y lo reunido dictan su discurso. Ahí empiezo un ejercicio sencillo, me siento y redacto una descripción muy literal de mis láminas, y en esas explicaciones todo se devela y explica su sentido, los elementos, los colores, las formas, sus avances o sus salidas, allí nace el concepto y el trabajo se vuelve filigrana: enfatizo, limpio, reduzco u ordeno. Es como después de hacer ruidos extraños, sin sentido o aparentemente sin sentido, uno permitiera que ellos mismo ordenaran su melodía, lo demás es limpiar. Eso, todo caos es un orden por descifrar, por eso es que uno se descifra a la vez que se delínea en el trabajo, porque nuestras propias huellas son palabras que uno lee para decir algo. Ahí nos abandonamos y entonces la ilustración pertenece por entero al libro.
5.-¿Qué ventajas consideras que te aporta la técnica digital a la hora de expresarte?
No creo que sea ventaja, de hecho no veo la técnica digital como algo comparativo, es un recurso más y suma con el resto. También como cualquier otra técnica encuentro la posibilidad y juego, contrariamente con lo que se cree, en el trabajo digital, el hallazgo, el encuentro, el accidente es un posible maravilloso que se establece a cada reposicionar de los recursos, a cada prueba, además, creo que es una idea encantadora el trabajar sin ningún otro material más que las luz, pero todavía más, el hecho de que todo tu trabajo sea solo un impulso electrónico, un uno o un cero, bits, sin peso aparente, y que, según nuestro entender, hasta hace poco, era inasible, se me hace poético. Una vez lo pensé, es como elaborar recuerdos, claro, todo esto es un rollo que igual no interesa pero a mi me ayuda a apreciar mis herramientas. Aunque acoto un dato, antes el artista soñaba con atrapar la luz, y recientemente entre dos placas de oro, la luz puede atraparse, ya no solo su huella en la fotografía, sino que fisicamente un halo de luz puede detenerse y mirarse. Así que la posibilidad de imaginar no está en ninguna técnica, sino en el hombre.
6.-¿Qué aspectos valoras en un texto? ¿Qué matices de los mismos son primordiales para ti? ¿Qué clase de historias prefieres ilustrar? ¿Te sientes especialmente atraído por textos poéticos, o más bien narrativos?
Valoro sus hendiduras, las imágenes inciertas, las que el escritor genera para el lector pero también las que el propio texto permite, valoro ese universo posible que nos permite divagar con nuestros propios pies; y no es exclusivo de un tipo de texto o de otro, poesía o narrativa, incluso en la descripción más literal, cuando está escrita en profundidad, es un espacio inmenso para trabajar, ahí es donde uno puede habitar con magnitud, ir o venir y regresar, regresar siempre. Yo creo que ese es el punto más importante, las escrituras en profundidad, para que se inunden con nuestros silencios, como ilustrador o como lector. El texto al que siempre se pueda regresar.

7.-¿Qué partes de las historias quieres representar en tus imágenes? ¿Qué momentos eliges para representar y cuáles son los que no te interesan tanto para crear tu narración pictórica?
Me gusta el momento justo entre el después de que se narra algo y el instante antes de que continue, es decir, el intersticio en la palabra. Cuando el texto describe una acción o una situación y termina la oración enseguida viene el punto, yo ilustro ese espacio que existe entre la última palabra y el punto. Por ejemplo, si un texto habla de alguien que ha bajado y ha encontrado algo, yo ilustro al personaje después de que encontró ese algo y hago de su gesto el lugar donde se tensa el universo, construyendo a partir de ahí una urdimbre que se ramifica en sublecturas  y permitiendo la construcción de metáforas. Es un juego de mucho espacio, es como retratar al personaje en el momento en que piensa algo. Yo diría que mi trabajo se ha vuelto una serie de retratos de miradas perdidas. Otra forma de expandir la realidad. A mi no me gusta ilustrar la situación descrita y huyo siempre de la literalidad, claro, me apoyo del contexto, pero el después se me hace magnífico para despertar la imaginación; yo creo que justamente es ahí donde obtengo el tono de mi trabajo, porque al final parece tener un aire melancólico esa fotografía del instante que siempre se pierde.
 8.-Entre tu primer libro, 2004, y el último editado en 2010, ¿cómo valoras la evolución de tu trabajo? ¿qué has ido ganando con el paso del tiempo y de la experiencia?
Lentitud y claridad. He aprendido a ser un ilustrador entendiendo la pertenencia del libro. En mi dibujo he visto que se afina pero que se aleja de lo gráfico, por más vehemencia que tenga en permanecer en ello o por más que me esfuerce en alejarme de lo figurativo, veo que entra en una zona difusa. Tal vez lo más claro que pueda recoger es que mi acabado se ha ido robusteciendo pero sinceramente no es algo que me interese mucho, yo desaría aligerar esta carga y dibujar más suelto. La fortuna es que siempre uno puede volver a comenzar y tal vez eso si sea algo que valore mucho.
9.-¿Cómo valoras que tus obras sean seleccionadas en Bolonia (2007,2008 y 2011), y premiadas con la Mención Especial en 2009 en la categoría de New Horizons de los Bolonia Ragazzi Award, y  el Premio de Ilustración de los CJ Picture Book Awards de 2010? ¿Qué significa para ti estos reconocimientos?
Es un gusto saber que tu trabajo participe en eventos tan importantes y una satisfacción que los seleccionen, pero toca tanto el ego que enseguida busco esparcirlo y prefiero no mencionarlo para no caer en la ignorancia, así que siempre me vuelco al trabajo y entiendo entonces que ese logro se vuelve la posibilidad de decir "aquí", para ver enseguida un allá y ubicar su recorrido, algo tan pasajero que solo es un punto como otros en el camino.
10.-¿Con qué quieres que los lectores de tus libros se queden después de ver una de tus obras? ¿Qué pretendes transmitir a tus lectores?
Me gustaría que se mezclaran con sus recuerdos, como sea que uno entienda al recuerdo. Transmitir en realidad no es mi intención, aunque suene absurdo, más bien imagino que mi trabajo pertenezca tanto al libro que desearía que cuando alguna persona mencionara la historia o la recordara, tuviera en la cabeza alguna huella de esas imágenes, así, borrosas, extraña, como en lontananza. Eso deseo.
11.- ¿Qué pintores han dejado huella en ti? ¿Y qué ilustradores te seducen cada vez que ves sus trabajos?
Los clásicos, tengo un enamoramiento interminable con ellos, Miguel Angel, Durero, Caravaggio, Rembrandt. Y sucede algo curioso, me fascinan los ismos, la pintura mexicana, todo, Saturnino Herrán, Ricardo Martínez, Francisco Corzas, también las vanguardias, aquellos que replantean el arte, pero cuando vuelvo a ver una obra de Caravaggio, de Miguel Ángel, creo que no existe una contemplación más profunda que la de ellos. Ahí entiendo la plenitud de la palabra genio.
Por su parte siempre me seduce el trabajo de Wolf Erlbruch, de Pablo Auladell, Narges Mohammadi, de Pablo Amargo, artistas de gran dimensión.
12.-¿Qué es para ti la belleza? ¿La buscas en cada uno de tus libros?
La belleza para mi es una construcción bien sostenida en el universo, sencilla, que muestra su pertenencia, que no se aísla, un espejo que refleja y además muestra; y no sé si siga buscándola, me produce una angustia tremenda, bastante frustación y mucha inseguridad así que prefiero conformarme con una buena composición y un buen manejo de color.
13.-¿De qué te nutres para hacer tu trabajo? ¿En qué terrenos se hunden tus raíces para alimentar tu imaginación y creatividad?
En la vida misma, en la gente, en lo que leo e imagino. Me gusta mucho la música, amo el cine, y solo una coreógrafa, Pina Bausch. Me fascina ver fotografías abandonadas, como las de Diane Arbus, o como las que existen en lo mercados “de lo viejo” de Buenos Aires. Me nutro de palabras de escritores que me gustan, de su poesía; tantos y muchos. Para mi tener un libro de poesía es como beber de un vaso de agua fresco, así que siempre tengo uno cerca que me da de beber. Lo aforístico, lo metafórico de la literatura, son figuras infinitas que siempre me llenan y que despiertan mi imaginación.
14.-¿Qué significa para ti crear un álbum ilustrado?
Es la posibilidad de escribir con otro tiempo un paralelo a las palabras, escribir sobre la misma hoja, dibujar o rayar las palabras, volcarlas, descubrirlas para mi o para otros, formar parte de una charla, eso, formar parte de algo. También es una forma de apropiarse del mundo, no porque te adueñes de nada, sino porque algo que es parte del mundo viene a ti, te dice algo y se regresa con algo que puedas decir, es la posibilidad de que tu mirada se haga voz. Es un compromiso muy profundo el hacer un álbum ilustrado, no porque tengas que hacer una obra de arte sino más bien algo muy honesto y muy profundo, que no sea banal, ni superficial, sino debe tener ese tiempo de vida que te llevo hacerlo, porque al final, álbum ilustrado o libro ilustrado, tu trabajo dentro del libro, es un libro que se convertirá en un interlocutor, y ese interlocutor debe ser humano para que entonces la posibilidad no deje de llevar lo que nos tiene reunidos en él.
15.-¿En qué proyectos trabajas en la actualidad? ¿Qué historia te gustaría ilustrar especialmente?
Ahora mismo estoy en un proyecto de ensueño, un mural de 50 metros que me llevará parte de este año. También tengo libros pendientes, Lorca es uno de mis sueños que espero sacar, Víctor Hugo, Becquer, y otros que he planeado con algunos amigos escritores. Y sobre algo que me gustaría mucho ilustrar me viene a la cabeza Edipo, el Popol Vuh o soñar con algo de Herta Müller.

16.-¿Te gustaría escribir tus propias historias, o tener tiempo para realizar algún proyecto personal?
Sí, me gustaría muchísimo, sentarme en mi mesa y  con el día escribir, imaginar libros, escribir historias a la vez que dibujarlas. Tengo algunos proyectos que he escrito y otros que tengo en marcha, pero hasta ahora solo uno ha tenido su tiempo para publicarse, La Bruja y el espantapájaros, yo espero que este mismo año se edite. Y el deseo que algún día realizaré, será el de hacer una animación que empezó con un pequeño escrito, “El árbol que flota”. En fin, creo que eso también es un motor, la ilusión de que algún día lo haré. Ya veremos.   

domingo 30 de octubre de 2011

Bambú



Oscuro río
laberinto de rama.
Brotando mudo.
enredándote ciego.

Eres nervadura de cielo.

Me vuelvo larva.

(A Chillida y a Buenos Aires)

viernes 23 de septiembre de 2011

El libro recordado.


(Versión corregida de un escrito que tenía bastantes incoherencias y que leí en Valladolid con algunos amigos. Espero esta versión sea más entendible)



Cuando pensamos que leemos un libro en realidad estamos leyendo tres, el que el escritor ha escrito, el que nosotros leemos, y uno muy entrañable que nos confirma, que nos hace ciertos, el libro nómada: el libro que recordamos.
Abstracto de tiempos y lugar es un libro que siempre espera, está ahí como en un sin lugar esperando que lo evoquemos con el recuerdo, un libro que lo vamos transformando al andar, que nos va transformando, y termina por convertirse en ese algo único de nuestra vida de lectores. Es el libro que nos marca un antes y un después. Cuántos escritores hablan de ese libro, cuántos de nosotros lo tenemos presente ahora mismo y lo llevamos bajo el brazo imaginariamente.

I.

Recuerdo que en casa de mis padres existía una enorme biblioteca con una cantidad de libros que me maravillaba, hablo del recuerdo de cuando tenía unos cuatro años… bueno, no, más bien tenía seis, ¿o eran ocho?. La verdad es que tenía doce ¿o dieciocho?, ¿o no lo recuerdo bien?; para ser honestos no era una enorme biblioteca, más bien era un pequeño librero en donde una enciclopedia Salvat se desempolvaba cada año cuando en casa se hacía limpieza para las fiestas navideñas, también tengo que decir que nunca fui un niño portento, ni mucho menos erudito que empezó a leer desde muy temprana edad. Sin embargo, lo que recuerdo es que esos libros me hacían pasar los domingos muy placenteramente, aunque tampoco era porque los leyera, más bien eran sus fotografías que me atraían por horas y me hacían imaginar como un gran viajero.
Un vez, hurgando en la habitación de mi hermana, encontré un libro que me acompañaría toda la vida. Hablaba de moscas, de hombres muy feos, de poetas y de pestes, todo muy extraño para mi, incluso había un asno que festejaba una fiesta. En esa historia había un hombre con una toga blanca que bajaba de una montaña entre mendigos desdentados y hombres pálidos (lo de la toga lo imaginaba yo porque nunca se mencionó en el libro, también había un súper hombre al que jamás pude imaginarle capa alguna). Lo recuerdo perfectamente, también recuerdo aquellas tardes. Había una atracción que me mantenía a él muy particular, porque  por más que lo intentara o por más que abría los ojos (pensando que me concentraría como un hipnotista y así poder descifrarlo), jamás logré entender nada. De todas maneras conservé ese libro y por las tardes lo hojeaba pensando que, aunque no comprendiera nada, me transformaría en un sabio de doce años. Ahora que lo recuerdo hubiera deseado que haber leído a Nietzsche a esa edad pudiera contarlo como el suceso asombroso de un niño genio, que ávido de leer todo cuanto se le pusiera enfrente, encontró desde muy corta edad su destino y terminó convirtiéndose en un gran filósofo. Sin embargo no es así; aunque recuerdo esos momentos tan luminosos, leyendo el libro aquí y allá, por las tardes y algunas veces por las noches, que creo que ese recuerdo me sigue iluminando.
¿Qué fue lo que ese libro tuvo de extraordinario para permanecer en mi vida?. Me lo pregunto y el haber germinado el llano de mi ignorancia con la imaginación fue maravilloso, porque posibilitó mi propia ficción y porque con cada libro que tiempo después abría esperaba la misma sensación. Creo que a partir de entonces he construido mi propia habitación en cada libro que leo. Demasiado irónico porque en aquel entonces cuando leía ese libro compartía el dormitorio con mi hermano y, siendo yo el menor, es obvio puntualizar que en realidad no es que compartiera el dormitorio, sino que, en palabras de mi hermano, era yo una “visita tolerada”, así que es cierto aquello que dice que el libro es nuestra primera habitación verdadera.
Es así, el libro recordado nos construye esa habitación que nos guarda, desde donde nos narramos, que nos hace imaginar, que aunque no es la habitación poética de Virginia Woolf, es la más confortable del mundo y es en donde el tiempo se convierte en sueño.

II.
LA INHERENCIA AL SUEÑO

El devenir de un libro siempre es posterior a la lectura, sucede después de leerlo cuando interpretamos lo leído. En el momento en que cerramos su última hoja nuestra memoria lo aprisiona lentamente. En ese instante el libro y nosotros nos hacemos recuerdo, y una vez siendo la misma materia que la imaginación, compartimos su prodigiosa sustancia transformando el mundo, nuestro mundo. Somos el árbol de la reminiscencia y de la remembranza que bebe de un río pasado entre sueños, recuerdos y deseos solo para imaginar.
Sucede con casi todos los libros, aunque no todos tienen esa fuerza para arraigarse en nuestra alma, algunos se van disolviendo y otros se olvidan o sencillamente aparecen en momentos imprecisos como cuando el amor no se entrega y lo dejamos marchar. Pero también esta el libro exacto, el que coincidió en el momento correcto para develarnos y permanecer inmarcesible en nuestras manos, aquel que despertó ese mundo en el que nos hemos inventado. Un libro que guarda el tiempo como si fuera posible guardar los instantes de vida, porque su evocación es el despertar de los días pasados en que pasábamos sus hojas al leerlas una tras otra, recuperando los días, la edad, el nombre, los gustos y deseos y todo aquello que desconocíamos o seguimos desconociendo, confirmándonos  lo que somos: reminiscencia del recuerdo, la semilla que queda germinando para siempre. Ese libro nos elabora y nos inventa en la memoria; es una piedra arrojada al estanque de nuestro recuerdo que ondea infinitamente: el libro recordado.
Sí, el recuerdo nos inventa y nos sujeta, nos mantiene en el horizonte en el que transitamos para no perdernos, pero además provoca la fantasía al reproducir las cosas pasadas o lejanas, reconstruyéndolas exactamente en forma sensible o idealizando aquellas insignificantes para transfigurarlas en magníficas, crea nuestra realidad íntima y refleja nuestra personalidad en ese acto supremo que es la lectura, nos confirma la existencia que nos liga al relato que somos: nosotros como un gran discurso en la memoria. Un suceso que proclama al recuerdo como vértebra del ser. Porque las realidades se miran pero además se rememoran. Acto fundamental para imaginar, recuperando nuestra posibilidad, porque el imaginar no es exclusivo de edad alguna, más bien es signo inherente de nuestra naturaleza como primera actividad del pensamiento. Es el juego que nos transforma en lo que deseamos ser. Imaginar nos hace suplantar lo que desconocemos, que es casi todo, lo hacen los científicos y los hacen los poetas, pero también lo hacemos nosotros cuando leemos, porque somos seres que necesitamos simbolizar para asirnos, ya sea conociendo o imaginando; qué bueno que se asocie con la infancia pero es una contrariedad que se limite solo a ciertos tiempos de vida, no debe ser así, es un infortunio si la perdemos siendo adultos. Ya entiendo ahora que tenga importancia en la sociedad la cercanía con los libros ilustrados y que en lugares como las ferias de libros se diga aquí hay un espacio para ello, porque eso volverá a salvarnos. También entiendo el hecho de que los adultos les fascinen, sé de muchos que coleccionan libros ilustrados con otro pretexto, pero muy en el fondo creo que todos buscamos en ellos ese derecho infantil que es imaginar y que parece hemos extraviado. Entonces sí, el libro que recordamos, además de todo, es nuestra propia habitación en donde recuperamos esa mezcla fantástica que es el recuerdo y la imaginación para erigir nuestra esencia, es declarar que la fantasía sigue siendo nuestro ánimo, el territorio real en el que debemos vivir.
La importancia del recuerdo, de la imaginación y esa mezcla en la que nos vertimos como relato para evocar y decir. El recuerdo no solo rememora sino que crea para decir; dice García Márquez: vivir para contarla, pero agreguemos, contarla para seguir viviendo. Recuerdo algo que una vez leí de Nélida Piñón, decía que ella cuando escribía lo hacía de modo impreciso, “mezclando la cosecha de la memoria con la creación”. Eso es la precisión poética. Y pienso: el libro recordado es entonces una reencarnación de nosotros mismos, nuestra precisión etimológica de la palabra, porque recordar viene de la palabra cordis que significa corazón y el libro que nos marcó para siempre nos hace pasar de nuevo por nuestro corazón.
El ilustrador entonces es un lector privilegiado, porque además puede plasmar ese juego en cada ilustración, intercalando o acompañando a cada texto la imprecisa mezcla de crear entre el recuerdo y la imaginación.

III.
ILUSTRAR DESDE UNA HABITACIÓN.

Voy a jugar con una metáfora que ya he mencionado, la habitación de nuestra intimidad, ese hermoso espacio de nuestra soledad.
El ilustrador siempre trabaja en una pequeña habitación, ya sea en su estudio, ya sea en el comedor o desde el vagón de un tren por la noche o desde un parque concurrido, trabajamos desde donde sea, pero siempre en nuestra habitación, ahí la hoja en blanco son unas manos que nos tapan los ojos y nos hace imaginar cosas, cuando imaginamos nos convertimos en lectores afortunados de haber hallado el mejor de todos los libros, y como todos nosotros, mezclamos los recuerdos y las fantasías en el juego de la ilusión, en la imprecisa mezcla que a todos fascina, como cuando siendo niños uno jugaba con reglas inventadas, que permitían sujetar por un momento el mundo y divertirse imaginando que esa canica en la bolsa era mágica y que soplándole se despertaba su poder, así el ilustrador sopla al papel para esparcir los sobrantes del lápiz, pero también para evocar la magia posible que es enhebrar los recuerdos y la imaginación en cada dibujo. Sólo así el recuerdo de esa melancólica manta tendida al sol, cuando veíamos de niños en el patio de nuestras casas, en verdad pueda transformarse en nubes interminables. Yo dibujo pero antes recuerdo e imagino.
Pensar que recordar es ya un hecho narrativo por excelencia, pero además es un acto creador inmediato porque crear no es más que unas veces hacer y otras encontrar y para recordar algo se necesita la selección de ciertas imágenes y de ciertos momentos de ese universo del pasado para tener esa fotografía que es el recuerdo; y crear no es más que unas veces hacer y otras encontrar. Asel ilustrador no deja de deasado y crear unas veces es hcaer y otras encontrar.o hacen los cientaparecer en nuestras manos, l lií el ilustrador no deja de ser lector que recuerda, que pierde y encuentra en el dibujo y escribe ideas con los mismos elementos inherentes al sueño, la condensación y el desplazamiento. Un lector privilegiado que anhela como todo libro que se lea, pero que se lea desde un alma hasta otra en esa gran orilla que llevamos en el pecho y que navegamos como balsa. Somos ilustradores pero ante todo somos lectores que recordamos siempre y que deslizamos sueños e ideas desde una pequeña habitación.
Así, ustedes, nosotros, lectores ambos, vivimos en este preciso momento por toda nuestra historia particular, pero miramos tan particularmente porque un libro recordado nos orillo aquí y todavía nos llevará a otros lugares inimaginables, evocando vivimos entre esas paredes de la gran habitación que es nuestro ser. Qué noble es estar cerca de los libros, en donde jugamos, en donde imaginamos la gran parte faltante, en donde encontramos y  pensamos. Termino parafraseando a Quevedo: sí, somos recuerdo, pero un recuerdo que sueña.

domingo 18 de septiembre de 2011

Nota 6. Crear tramas no hilos.


Uri Shulevitz ancla la definición del libro álbum en dos códigos fundamentales, la imagen y el texto, de su relación de interdependencia el libro álbum se instaura separadamente de los libros ilustrados, distinguiendo una diferencia sustancial entre  el formato y el concepto de libro álbum. Las seguidas reflexiones de investigadores agregaron en la relación de estos dos signos su forma en que se estructuran en una  única narrativa, aquí Teresa Colomer extiende el análisis y señala una ruptura en la unilateralidad  de la narrativa para disponer de múltiples y complejas líneas que crean un espacio intertextual elaborado, permitiendo esa metaficción tan parecida a la simultaneidad de nuestros días. Es con Edmund Evans con quien el libro álbum se entiende como una unidad simultánea. Y aunque nosotros en la intención de analizarlos deconstruyamos sus partes en diferentes códigos, hay que entender la indispensable unidad conceptual que se señala. La cubierta, las guardas, la portadilla y el colofón son elementos gráficos que refuerzan esta unidad y los  diferentes elementos actanciales, formato, palabras, paratextos, imágenes, características de producción, conceptos editoriales  confluyen en un solo caudal: el libro álbum. Entonces esta unidad simultánea de lectura convierte todos los códigos en gráficos legibles, en mensajes de una escritura que discurren en una narrativa polifónica.
Ahora, el hecho de que el libro álbum admite diferentes lecturas, no significa que la ambigüedad sea la generadora de estas interpretaciones, más bien es el sostén conceptual y el discurso escrito los que generen estas posibilidades, por ello es importante entender que la exposición y la sucesión de los códigos deben ocurrir como líneas narrativas llenas de significados y sujetados siempre por el concepto para que entendamos profundamente el discurso de libro álbum. Recordemos que la hoja en blanco es un espacio altamente sensible y significativo y el hecho de experimentar lecturas en un solo actor gráfico no significa que se tenga una ilustración, para ello es necesario distinguir la urdimbre de todos los elementos actanciales en todo momento. Esta comunicación multidimensional y cíclica, que es un diálogo entre el lector y el libro, solo existirá si nosotros hemos trabajado a profundidad sobre estas estructuras. No hay más.
Es construir posibilidades sobre un manejo intrínseco del tiempo, sobre la urdimbre de las tramas, sobre esos pliegues que tejen las realidades sobre un mismo lienzo, así el libro transcurrirá, sucederá, acontecerá y permitirá siempre la vuelta del lector.


La lectura y lo interminable.
Fragmento del texto para el taller en  FILIJ 2010

domingo 15 de mayo de 2011

La inherencia al sueño.

Hablando de la ilustración y su cercanía al recuerdo, saber que antes que dibujar uno imagina, entiende esta inherencia al sueño que tiene nuestra profesión. Sí, ilustrar siempre desde una habitación en donde desaparezca esa línea entre sueño y recuerdo para convertirla en dibujo.
Otra vez ese trazo que somos.

Imagino ahora un taller que se titule: "La inherencia al sueño"

domingo 1 de mayo de 2011

Anotaciones



El ilustrador debe interrogarse en profundidad respecto a su relación con la lengua para exponer su honestidad plástica.

Entendía el figurativismo y la abstracción como cosa distinta, pero no todo dibujo es una abstracción?

La imprecisión de la ilustración debe caminar en la posibilidad. Esto permitirá que en la polisemia de lo legible nuestro discurso oscile, palpite.

Lo peor de un ser es ser unicamente analítico.

El culto a la cultura del libro puede hacernos bastante estúpidos.
 
Al final la indiferencia es una complicidad.



miércoles 23 de marzo de 2011

Un niño y un poeta


“El país que no tenga leyendas está condenado a morir de frío”
George Dumézil
I
Hemos escuchado con admiración las palabras que nos cuentan los logros del hombre, sus maravillas, de este tiempo contemporáneo que es grandioso, de los inimaginables recurso tecnológicos que podemos disponer, dicen que es el tiempo de las comunicaciones. Y es así, podemos presenciar cualquier evento en cualquier parte del mundo en el instante mismo.

Esta noche cuando pienso en ello miro la ciudad  y veo como todo se mueve, avenidas aquí, puentes allá, edificios de un lado y centros comerciales de otro. Veo las calles repletas de autos y me es imposile contarlos, ni porque tuviera mil manos podría hacerlo, todos pasan con una velocidad que me hace imaginar un río imposible de Escher que nunca termina, sin embargo ahí, dentro de esos peces furiosos no veo nada. Sí, parece que nada va conduciéndolos, en las calles, en los edificios, la gente va andando tan deprisa que todo parece ir a un sin lugar, incluso parece que no hay nadie, lo curioso es que casi todo mundo va hablando por celular. Entonces me pregunto: ¿ Qué irá contando ese señor que habla por celular sin soltar el volante?, ¿o ese otro sin dejar de caminar, sin dejar de comer o incluso colgado de ese microbus?, ¿le contará urgentemente a su hija o a su hijo un cuento para que no tenga miedo a la hora de dormir?, o ¿le contará que a él cuando era chico y también tenía miedo, su padre le contaba historias?. Mi padre cuando yo era niño me contaba que quien se quedaba parado se hacía piedra, así que yo, cuando tenía ocho años por ese miedo enorme no dejaba de caminar en el lugar en donde estuviera, si no tenía nada que hacer, caminaba dando vueltas sin parar una y otra vez en esa escalera interminable como la que ahora distingo, caminaba tanto y en todo momento, que creo que hasta se me olvidaba por qué caminaba.
Los automovolistas aquí, la gente, la ciudad entera pareciéramos que también hayamos olvidado todo y que un gran miedo a no sé qué nos correteara en todo momento. Sí, somos un gran olvido que muerde su cola huyendo para no convertirse en piedra.  El miedo nos sigue.

II
Fuera de la ciudad, justo ahora que el mundo se deshace histéricamente en no perder un minuto, un hombre lento y antiguo, con los pies hechos terrones, sobre una vereda cerca del Popocatépetl camina hasta llegar a una casa hecha de adobe y sentado junto al anafre,  mientras cenan , le cuenta a ese niño que está cerca de él, cómo una mujer duerme en una montaña mientras su amado sempiterno la cuida cobijado por las nubes del cielo; ellos cenan con tranquilidad dejando que el día se marche y con él ese miedo mientras imaginan cosas. Creo entonces que algo hemos perdido, y por un momento reconozco el miedo y el abandono.
Ya ahora, el hombre solo, va caminado de nuevo por esa vereda tan enorme como los ojos de un niño o los suyos propios. Estoy seguro que no tiene miedo, ni está abandonado y estoy seguro de que no es un hombre solo, va con el recuerdo de cuando su padre le contaba la misma historia. Entonces puedo ver a dos personas, a él siendo niño y a su padre junto a él. La esperanza camina así, contando historias para que se nos vaya el miedo y para que no nos sintamos tan solos. La identidad del anhelo. Al menos un sentido imaginado hacia dónde ir.

III
La oralidad y la poesía es ese sentido perdido, es la fé, que a pesar del tiempo, del abandono, de las desgracias, de aquello que nos cuentan de las muertes, a pesar de la gran comunicación que tengamos, de las ciudades o de la inmediatez, el mundo pueda mantener la vida, la vida en si, no la que pensamos. Nos ha legado la semilla de la continuidad en la palabra que se pregunta en la boca de un niño y que se aclara en la del poeta, instantes que ya no se pierden, el espíritu de la literatura oral y de la poesía misma: el desconocimiento y el recuerdo, el juego y la experiencia, el miedo y la tranquilidad: la compañía. Uno imagina y el otro sueña, sin poder distinguir qué hace cada uno, tal como las historias, como las leyendas, las anécdotas, tal como la poesía. Son el camino que hemos abandonado.
Aquí en la ciudad la gente sigue caminando sin detenerse, creo que por miedo y por abandono. ¿Por qué?, ¿en dónde perdimos al poeta y en dónde dejamos al niño?, cómo fue que se rompió ese lazo?, ¿por qué la oralidad ya no cuenta?, ¿por qué caminamos huyendo?, ¿por qué la poesía sigue siendo mendicante?, pero sobretodo, ¿por qué cuando hablamos no decimos nada?
La ciudad sigue implacable su andar, sin detenerse, es una superautopista que ni Escher mismo hubiera imaginado, el ruido, los puentes, los edificios que parecen lápidas gigantes y que se iluminan por la noche; no hay que detenerse, hay que llegar, no perder tiempo, que no se crucen los peatones, nadie, mientras los autos, el internet, los celulares tiene que comunicar de inmediato. Pero, comunicar, qué, ¿llegar a dónde?. Hemos perdido la lentitud y con ella un vínculo, nos hemos desvanecido, nos hemos desdibujado en esa velocidad. ¿Qué podemos contar?
IV

En física contemporánea las partículas tienen siempre un área de incertidumbre, esa área es donde el observador no tiene certeza, ni la tendrá nunca, de ubicar lo observado, paradigma mismo de nosotros; sin embargo, la materia junto a esa área de incertidumbre se considera una unidad, y la partícula en su posibilidad habita esta doble composición,  la de ser materia y la de ser onda, como el andar y el recuerdo. Dos tiempos para ser, un tiempo lento y otro veloz (la importancia de la mirada). Si perdiéramos el tiempo lento perderíamos una parte sustancial de nosotros y nos dispersaríamos en la incertidumbre, no podríamos vernos, perderíamos la mirada y nos perderíamos a nosotros mismos, por eso este apego a las cosas materiales como lo hemos hecho ahora. Este único tiempo en el que vivimos nos ha disuelto por completo, el miedo ahora nos hace movernos de tal forma que lo que llamamos una sociedad en expansión es solamente una absurdidad a la nada. Es la disolución de todo en la velocidad. Kundera reflexionaba esta crisis imaginando a un hombre que se trasladaba en una carreta y a otro que lo hacía en una motocicleta veloz, de esas que hay hoy en día, uno se trasladaba lentamente, sorteando el camino dependiendo de lo que iba encontrando y decidiendo hacia dónde llevar la carreta, en veces la tranquilidad del andar se volvía un paseo en el que el paisaje se convertía en vivencia, por el contrario, el que anda en una motocicleta requiere hacerlo por una autopista diseñada por ingenieros que buscaron el trayecto más corto para llegar a cierto lugar, con lo cual el conductor tiene que concentrase solamente en la velocidad y las indicaciones para conducir en el menor tiempo posible y fijar la mirada en la autopista, sin pensar siquiera en el cuerpo y mucho menos en el paisaje , disolviéndose en solo tiempo acelerado para llegar pronto: uno un andar lento y otro la velocidad máxima.
Así ahora todos intentamos llegar a cualquier lugar intentando utilizar el menor tiempo posible, significando ese tiempo como un tiempo que no existe, paradójicamente, nosotros desaparecemos con ello. Y sin darnos cuenta nos hemos convertido en un gran olvido.
Entonces el tiempo lento de la oralidad es un contrapeso a esa velocidad, porque para poder decir, para poder contar, hay que ralentizar la vida y desplegar nuestro interno, no es en la velocidad en donde puede ser, hay que detener el mundo en la mirada, para equilibrar nuestra área de incertidumbre, colocarnos y entonces apaciguar esta angustia, este miedo. Habría que detener el mundo entero.
La oralidad, sí es cierto,  es luchar contra el olvido de nosotros mismos, aunque nos espere el miedo y el abandono, observarse así, como la partícula al cientifico, es reconocerse completamente, permitiendo que la poesía nos explique en ese acto humano para aliviarnos todo lo que desconocemos. Porque la voz es nuestra única herramienta para validarnos y porque hay que percibirnos antes que desvanecernos, porque hay que andar sin olvidar el sentido, aunque ese sentido sea ficción  o nos devuelva al mismo lugar.
Es importantesimo recuperar ese tiempo, el ritmo en el que podamos mirar lo que nos rodea y recuperar aquello que cerca de las montañas aun sucede: un andar lento que nos deje ver el paisaje para que después esperemos al poeta. Reconocerse lento es dejar que anden las preguntas, la fragilidades, es permitir que los ojos de un niño se cubran como la noche en cada historia para que el hombre acompañe al niño en busca de palabras que le digan algo de él y de su mundo, es la oralidad la que permite la poesía, como un acto benévolo para encontrarse, para construirse, es el nacimiento de la imaginación, jugando a apropiarse del mundo, un acto que consolida la continuidad que perdimos.

Ya decía, benditos libros.

V
Escribo aquí una escena del poeta del cine Theo Angelopoulos:
En un filme, un poeta y un niño, tal vez espejos, llenos de miedos y completamente abandonados, se están marchando, el poeta porque sabe que pronto va a morir y el niño porque es un inmigrante que esta buscando un lugar a dónde pertenecer. Esa noche se están despidiendo y el niño le confiesa al poeta su miedo, entonces el poeta intentando aliviar ese miedo lo invita a tomar un paseo, así que toman el primer autobús que pasa frente a ellos sin saber su dirección. En el viaje, sentados uno junto a otro tomados de las manos observan como va subiendo diferentes personajes hasta que el niño curioso, y olvidando su miedo, le suelta la mano y se acerca a la ventana con tranquilidad para mirar a través de ella; suben una pareja de enamorados, un hombre con una gabardina oscura, unos activistas políticos que sujetan una manta que van enrollando y hasta el final un grupo de músicos de alguna filarmónica, sorpresivamente los músicos empiezan a tocar una melodía muy suavemente y algunos empiezan a bajar, cuando termina la música casi todos han bajado del autobús, entonces ellos, el niño y el poeta, en silencio deciden bajar y por alguna razón  es ahora el poeta quien le busca al niño su mano, una vez en la calle, solos y en la noche, en el mismo lugar de donde empezaron, el poeta le dice:  tengo miedo. El niño sonriendo como cuando alguien comparte un mismo secreto, empieza a contarle una pequeña historia que recuerda de cuando vivía en su pueblo. Al final, los dos quedan en silencio y mirándose a los ojos con tranquilidad frente al rumor del mar que no se ve pero que se escucha claramente. Así, ambas almas separadas, frente al mar, se separan con el dulce y amargo sabor de la vida.
Sí un niño y un poeta son espejos, son seres abandonados, con miedo, pero con otro tiempo, son seres que buscan palabras que les alivie el mundo, ahí la belleza, ahí el calor de la oralidad, de la palabra, de los cuentos, de todo ese mundo que se está perdiendo.
Epílogo.

Quién fuera niño para que algún día ese viejo poeta hiciera desaparecer el miedo aunque la ciudad siguiera rugiendo.

domingo 13 de marzo de 2011

La penumbra del color



La penumbra anuncia, enmarca y, paradójicamente, alumbra.
Es luz y oscuridad del color. Dice el poeta: esa sombra que soy en el azul de la mañana. Emotividad de la mirada que se vuelve frase. Es así, el color es una sombra de nuestros ojos.
Sucede también en la ilustración, la penumbra, que envuelve el aire (la idea tan poética de la doble naturaleza de la partícula que se modifica solo a través de alguien que la mira), le da un peso dramático y la convierte en atmósfera, pero también indica el sigilo de quien mira, sonoridad del tacere. Por eso la paleta de color con una sola base de donde surge el color acento, porque debemos siempre la penumbra. Este criterio posibilita la significancia del color, de escribir con él cualquier significado, justamente esa parte humana que solo la luz tiene. Esta idea le devuelve al color pigmento su valor luz, es decir, cuando a una serie de colores los velamos con un color particular, los colores se unifican y emerge la atmósfera del tono, como si en realidad fueran bañados por una luz azul. Físicamente esto sucede así en nuestro ser, en el mundo, es la cualidad de las veladuras en la pintura, de la luz que tiñe cualquier color, de esa sombra que no dejamos de ser.

viernes 31 de diciembre de 2010

EL LIBRO, RECONSTITUCION DEL POLVO

I.

El silencio es una idea del universo que siempre ha permanecido en el hombre como la nostalgia que nos acompaña, es el deseo de sumergirse otra vez en el momento primero donde el silencio virginal e intemporal lo cubría todo, reduciendo esa angustia de sentirnos fragmento, es el silencio donde sin decir nos erigimos como seres humanos, silere de donde fuimos expelidos para vivir en el destierro del tacere donde aprendimos a nombrar el mundo. La irrupción de la angustia en el ser que busca alivio. El silencio de la palabra no dicha, que fermenta, que imita, que convoca al universo; el silencio del ser, no de lo nunca advenido. Dicen los poetas: la herida.
El silencio inefable, la voz que inunda y que ahoga, ese follaje de mar que nos alivia y angustia con su sombra, que nos supera y nos envuelve, ese silencio de libro: mansedumbre del fragmento.
Si, somos seres separados, de fragmentos, seres que nombramos el mundo para habitarlo en orfandad, con el hueco que siempre deja el abandono en el cuerpo, en la arena, inventando el mundo, construyendo ciudades y sociedades cercadas de incertidumbre, y de éste silencio, construimos la palabra para albergarnos en ella. Entonces, el exilio nos acoge como el desierto recoge al polvo y se germina. Así nace nuestra necesidad de pertenencia, por los vacíos y por la orfandad, así la palabra, que nos devuelve la voz para llenar la oquedad que somos, como un espejo que abisma y que refleja esa otra inmensidad del universo tan parecido a nosotros, nos pertenecemos. Entonces el árbol que nace del cielo y crece en la tierra se hace libro, entonces la metáfora aparece como hombre y como mujer, en medio del cielo y la tierra, como la palabra en la boca. Silencios uno y otro.
De ese silencio que arroja y que recoge se transmuta el polvo, como semilla y como muerte, es señal de procedencia y de vínculo, de él la palabra se hace para aliviar la angustia como promesa divina, sonido del universo que cae en el libro para oponerse al olvido; es la memoria perdida que se recobra cuando leemos, de ahí que nuestro recuerdo nazca en la palabra, porque su ceniza permanece en nosotros. Es el libro la roca que sedimenta el polvo, un pináculo enhiesto ante el extravío para señalarnos aquí y allá, para contener el tiempo, convocando a congregarnos nuevamente para existir: el libro es lo benigno del tiempo. Fragmentos que regresan, como en la idea cristiana donde el ser regresa a los cielos y deja la tierra, conjuro contra la angustia y el vacío. Y de esos silencio el libro debió haberse formado como la promesa del polvo, siendo sostén de este abandono. Signo de transitoriedad.
Dispersos los fragmentos solo queda encontrarse, hojas que separadas de un mismo árbol se reunen en el follaje del libro para regresar, por un momento, a esa vastedad que es el silencio del universo.


II.

Olvidado todo, caemos del último árbol del mundo que no sabe esperar más, el cuerpo seco del abandono que alguna vez fue todo y que ahora sin lugar de origen se disuelve en la nada, se vuelve mar negro que todo lo traga y que ya no devuelve, como el olvido. Hemos perdido toda pertenencia y nos hemos vuelto absurdos y con la absurdidad la palabra, que es sentido, desaparece, sucede por lo tanto la disolución del tiempo en donde se guarda lo humano y la velocidad impide los lugares, sobre todo los que se dilatan para reflexionar, vivimos en una celeridad en donde todo tiene que ser inmediato, en ciudades donde no podemos detenernos y nos relacionamos solamente por inscripción, sin esa idea de común con la que se forja las comunidades. Quedamos entonces desprovistos de una naturaleza de origen donde surge el pensamiento, sin espacios reflexivos donde ocurramos detenidamente; disparados en un sistema vertiginoso que corre sin detenerse, destinados a la eternidad del fragmento por un cerrado intersticio entre tener y producir. Y en esta absurdidad hemos perdido casi todo.
Así, dejamos de acontecer para volvernos vanos bajo la velocidad de los sistemas que no saben esperar y que su inmediatez nos reducen a meras preconfiguraciónes esquemáticas de pensamiento, para paliar los vacíos existenciales con otro orden que no pertenecen a la naturaleza de lo humano y que responden más bien a un excedido artificio abstracto, ya ni siquiera material. Nacer para ser exitoso, para acertar siempre, para ser célebre, inmediato, pronto, axiomas basados en el dinero y el poder vertical. Estos esquemas en los que nos desarrollamos destruyen la lentitud y el tiempo dilatado, naturaleza indispensable para el libro, alejándonos de él como de otro sucesos también indispensable en el ser humano como la reflexión, corremos sin importar las urgencias de la vida, entendemos el mundo según el poder despótico y según la publicidad, la imagen de producto: un mundo abstracto. No solo los soportes de comunicación y cultura como la televisión mexicana y la cinematografía comercial del mundo han impulsado la cultura frenética, histérica, esquizofrénica y petulante, sino que además algo que se ha vuelto signo de veneración en nuestro país como la mercadotécnia ha convertido todo lo que es el mundo en mercado y los significados posibles que pudieramos tener se reemplazan por solo modos de valor abstracto y productivo, relaciones de posesión, monarquías del éxito, antropofagia de liderazgo; todo debe ser inmediato, bulímico, poderoso, avasallador. Una implosión tergiversada que nos circunda en todos sentidos, un mundo unimental.
Y ahí, en esa situación, el libro es imposible, más allá de las estructuras inhabilitadas, más allá de las irresponsabilidades institucionales, más allá de la cultura superficial, el espacio dilatado y vital de cada persona ha desaparecido y se ha disuelto el rastro del polvo que somos. ¿Cómo entonces considerar el mundo detenidamente?, si no existen los espacios y el tiempo para ello, como si lo hubieramos olvidado todo. Nos hemos abandonado sin saber que vivimos y nos excluimos solo a vivir: nos ha devorado la espesa inutilidad del absurdo. La imposibilidad de estas sociedades nos aleja, porque no pertenecemos a la celeridad, ni a la inmediatez, pertenecemos, como el libro, a la lentitud, lentitud donde sucedemos como contrapeso a la levedad del ser. No hay otra manera de presenciarnos, y el libro es espacio y tiempo para ello. Las realidades y las materialidades no son suficientes para autentificar nuestra existencia, solo si la interlocución viene del libro, ahí el ser humano se presencia, se erige, por eso esta gran importancia de mantenernos cerca. Ese espacio dispuesto como horizonte abierto, donde nos nombramos, nos formamos, donde nos leemos, hace permanecer el universo a través de la palabra que se escribe, perpetuándonos así en su signo mientras nos entendemos como polvo. Y es que tenemos una distancia con los significados por abandonar los libros que ya hemos perdido el carácter de lo humano, lo que nos hizo fundarnos, y tal parece que solo somos un extravío de incoherencias sofisticadas.

Perdida la oralidad, la voz, la razón y dilapidado irreflexivamente el lenguaje, no queda espacio para ser y para ocurrir, solo laberintos momentáneos que nos alejan cada vez más de todo. Nuestra vida humana se ha perdido.

Es el libro entonces un lugar al que debemos regresar para reunirnos con nosotros mismos, reunirnos como las hojas se reunen en el libro. Leer para volvernos vocablo, asumiendo ese misterio que siempre hemos sido, sin saber cómo ni cuando se termina pero en continuidad. Continuarnos en la palabra que insemina el universo. Es entendernos cuando las palabras nos explican, es empezar a recordar, justo por el corazón, que ese espejo en donde nos vemos es un camino que nos encuentra, solo así retomaremos la lentitud para poder acercarnos al universo que es el libro.


III.

Hemos olvidado tanto que parece que lo hemos perdido todo, como perder la forma y el cuerpo o como perder la voz, es quedar sin habla y que la palabra no vuelva nunca más a decirnos nada, es estar sencillamente a la deriva sin lugar alguno, es así la lontananza del libro. Sin embargo insistamos en él, porque sin esa superficie bruñida en blanco, ni el silencio, ni el polvo, podran resonar. Porque siendo aquello en lo cual todo se funde y aquello a donde nos dirigimos, nuestro ser tendrá que erigirse como silencio humano y como polvo infinito recuperando su reverberancia, para, sí, sabernos fragmento, pero no fragmentos de olvido, sino fragmento de universo donde el hueco del signo nos aloja. Sí, el silencio y el polvo son un acto de reconstitución, son un acto de fe.

Existimos entonces en el rastro del polvo que nos dibuja, más aún, nos formamos, sus líneas reflejan los latidos de un universo por el que nos vamos encontrando, reencontrando. Somos ese vocablo misterioso que proviene de la soledad y termina en la comunión del libro, la escritura que nos salva de la mudez para perdurar y aliviar nuestra fragilidad, voz que vive en las páginas del libro y que es signo de procedencia. Con ese nexo nuestra vida es una urdimbre que de perder su origen flotaría como una broza de escombros sin germinar jamás.
Ser y leer es sinónimo del hombre y de la mujer, de la primera escritura, que sin duda debió ser un hueco, tal como la memoria lo hace con los recuerdos; escritura que tuvo que provenir de la cavidad que queda en el material después de golpear la piedra o la madera o el pozo que después de empujar la arena queda como huella: ahí nuestra oquedad, nuestro espejo; hueco de lo invisible, de lo que somos, no hay otra manera de entenderlo. Tiene razón Saint-Exupéry, lo esencial es invisible a los ojos. Así de sencillo es el poeta, así de sencilla debe ser nuestra existencia, sin el doblez sofisticado que guarda la estupidez y sin la tergiversada facultad del poder, solo y sencillamente en el origen que somos. La única certeza.



Reconstituirnos así para aliviar nuestra nostalgia y para recobrar esa unidad, para no perder ese fundamento y para recuperar el ser; leer para mirar el mundo por los signos que ocupan esas huellas que dejamos, para abismarse en esos agujeros negros que llamamos palabras escritas, para sumergirnos por un instante en el silere. El libro es el alivio, el lugar de reunión, la continuidad, nuestro misterio, la significación y la resonancia del universo, el silencio que nos labra, el polvo constituido del ser. Entonces, ahí, al final, donde todo se dirige, reconstituirnos como el universo que somos.

sábado 6 de noviembre de 2010

Callar e imaginar



Un dibujo son los ojos queriendo ver a un Dios.


 

jueves 9 de septiembre de 2010

Mirar y decir

 
Las palabra son los ojos de un Dios que nos mira.


jueves 22 de julio de 2010

Fragmentación y cuerpo de la ilustración en México.

La intermitencia en la formación que existe entre generación y generación de ilustradores en México es una fractura en la continuidad del conocimiento que no ha permitido consolidar una línea histórica reconocible desde dónde partir para proyectar nuevos horizontes. Las ideas como sus discursos se disuelven entre las hendiduras generacionales, apareciendo y desapareciendo con cada ilustrador que surge y cada vez que se pretende renovarlas no logran presentar ningún cambio. Es una reducción a trabajar sobre lo ignorado distanciando el avance de los entendidos de ilustración. Pensar que con las nuevas generaciones se podrán renovar las perspectivas sobre la ilustración automáticamente es un fallo, tampoco lo será si dejamos esta tarea al entorno de nuestro trabajo, y aunque las circunstancias van cambiando para todos, habilitándonos poco a poco a enfrentarlas mientras nos sostienen momentáneamente, no supondrá ningún avance fundamental. Así, el estado general de los entendidos de ilustración se mantienen sujetos, agotados, como un paisaje rígido que hay detrás de un tiro al blanco que sirve de fondo mientras gira una rueda en torno a su propio eje, apareciendo y desapareciendo las mismas figuras una y otra vez, haciendo parecer que todo se mueve.
Es este estado, en el que nos desenvolvemos, lo que ha pasmado la historicidad de la profesión y en consecuencia ha asfixiado el crecimiento de las ideas procedentes para replantearlas y proseguir con nuevas realidades, impidiendo además construir esa base fundamental de funcionamiento que la historia produce en el artista. Urge definitivamente profesionalizar y abrir los modos de estar del ilustrador.
Las ideas de ilustrar en México han sido una invención de los entendidos muy ad líbitum, no de estructura; extraviando con ello los avances que pudieran generarse en un pasado e iniciando siempre desde nada todo comienzo. Sin duda, y a pesar de ello, es cierto que se puede erigir una postura frente a la labor con cierta estructura, sin embargo ésta no llega a hacerse consciente, es una inercia y nos mantiene únicamente por la superficialidad de la creación, marginándonos a paliativos que suplen esa hondura reflexiva que la actividad de ilustrar debe tener. Solo en ciertos casos la particularidad de los artistas ha logrado profundizar en una postura creativa, sin embargo muchos otros se mantienen confinados en el recurso exclusivo del estilo como forma de estructurar, trivializando contenidos y a merced de la inspiración.
Creo además que es importante entender que el ilustrador debe  fundar una postura desde su momento histórico y humano para poder visualizar verdaderamente la profundidad de la profesión y asumir tal dimensión, ya que de no ser así nos reducirá y nos mantendrá clavados a los artificios estéticos que solo connotan un vacío y que nos cercan a los perceptos kitsch. Las tendencias, las modas, las vanguardias, incluso las nuevas tecnologías o hasta el estilo, son, sin éste peso conceptual, disimulos falsos que tarde o temprano pasarán sin peso alguno sobre la idea de ilustrar. Así pues, tenemos un lastre que nos mantiene a esa rueda de feria para aparecer y desaparecer una y otra vez sobre una estética socaliña y remedada que hay que romper.
Hay que generar reflexión sobre la información, construir pensamientos, enlazarse en el diálogo, definir los entendido colectivos y personales, y de ahí entonces empezar a crear. Tenemos un panorama fragmentado que no puede hilar historicidad alguna, nos mantenemos excluidos cuando deberíamos ser vasos comunicantes, provocamos un aneurisma que impide la oxigenación con conocimiento, con información, padecemos una misantropía, irónicamente nosotros que trabajamos en éste espacio de reunión que es el libro. Éste discontinuo proceso seguirá fracturando por mucho tiempo el carácter dialéctico y seguirá anulando cualquier transmisión de ideas si seguimos replegados sobre nosotros mismos, así es como la ilustración en nuestro país se ha mantenido relegada, a través de criterios que van surgiendo solamente con la experiencia y con la información que uno va acumulando, manteniendo esa limitante en los modelos de estar y de crear
A reserva del trabajo, muy sobresaliente por cierto, de Guillermo de Gante en sus diplomados, no ha habido otro trabajo que enlace y que disponga de estructuras suficientes para conformar la profesionalización de la ilustración en México, y aunque es cierto que en estos últimos años han surgido talleres de ilustración y algunos encuentros importantes como el de Oaxaca producido por la FILIJ, no es, ni será suficiente si permitimos esa intermitencia y no empezamos la discusión, no en persona, sino en ejercicios de crítica, de estructura, de profundidad en el  trabajo, de enlace; si no sorteamos esta circunstancia retraída que limita todo nuestro desarrollo a meros ejercicios de encuentros de experiencias; si no construimos un verdadero sostén cognitivo de procedencia que desarrolle, provoque y genere posturas; si no construimos desde los conceptos e ideas; si no nos dirigimos hacia una profesionalización, entonces, la ilustración en México seguirá inconexa y se mantendrá como cuerpo yerto. Sustentándose solamente de excepcionalidades mientras la gran mayoría se mantiene en la mediocridad, de importaciones que no devuelvan la mirada, de decisiones editoriales con fines de mercado solamente, consolidando el objeto  ante la pérdida del sentido, de una estética empobrecida, de la ausencia de nosotros mismos.
Y a reserva de la falta de atención que han tenido las instituciones y universidades para esta actividad, los ilustradores tampoco hemos trabajado por consolidar ningún vínculo que genere alguna colegialidad en la que podamos participar para modificar ésta situación. De ahí la importancia de asumir un compromiso de anexión y diálogo en grupo para incidir en las circunstancias de nuestro trabajo y señalar los horizontes. Sin duda es un trabajo que necesitamos aparejar con los compromisos personales sin esperar edificios por habitar. La idea es clara, no estamos excluidos sino sólo por nosotros mismos, el ejercicio personal de compromiso es una línea que termina en el compromiso colectivo y puede ser tan inmediata como trabajar con conocimiento, con conciencia, abandonando la indiferencia y criticando abiertamente con la propuesta. Al final, en determinado tiempo, todo ese trabajo abrirá los espacios que tanto reclamamos, incidiendo en las relaciones creativas y le devolverá a la ilustración su valor significativo y creativo. En fines prácticos, es una necesidad primordial para consolidar el trabajo individual, entender  que no se puede desarrollar el trabajo de la ilustración desde el entorno del sistema en que nos relacionamos productivamente, más bien revisando nuestro estado actual analizando la historia y reflexionando su información para erigir desde una postura cierta las ideas con conocimiento de la ilustración.
De ahí la necesidad de pensar verdaderamente en una asociación de ilustradores como lo plantea Ricardo Peláez, pero con un carácter de foro dinámico, que vincule conocimiento e ideas, que promueva el análisis, la discusión, la reflexión, el encuentro y que busque en la vinculación los conceptos fundamentales del funcionamiento de ilustrar como profesión creadora, solo así se puede pensar en ocupar plenamente los derechos de autor: siendo creador. No hay por qué limitarse a un directorio de ilustradores o a escaparates de merchandising grupales, sino más bien pensar en un organismo que conecte, que mueva, que organice seminarios, laboratorios, exposiciones, asumir el compromiso de trabajar desde lo colectivo donde no hay trabajo, no esperar una paternidad que no existe. Incorporar a nuestro ámbito la presencia de la crítica especializada, del análisis que se dan en las universidades, del ensayo de autor, reinventar en nuestro modo y a nuestro tiempo la profesión de ilustrar, ser contrapeso con conocimiento en las ideas del libro para establecer nuevas formas de relacionarse, incidir en los libros directamente como creadores. Creo que en la medida en que nos reunamos, nos identifiquemos y abramos la discusión a las diferencias se encontrarán los sentidos y definiremos, en lo individual, el nuevo cuerpo del ilustrador mexicano.

domingo 27 de junio de 2010

El mundo es lo que pensamos.

Reflexión sobre el trabajo de Pablo Amargo.

Encontrar sentido a las cosas es un acto vital, indispensable, nos define, aunque siempre lleva un tono trágico, porque nos arroja al lugar de donde partimos en esa búsqueda: el silencio absoluto. Paradoja ilusoria como quien lee un libro.

Cuando se empieza a leer sucede un estado de excitación por la expectativa, muy parecida a la que le acontece a uno cuando ve un paisaje y de inmediato empieza a  andarlo, igualmente ocurre con un libro álbum, expectativa que se va transformando en fascinación conforme uno se va adentrando y el libro resulta bueno. Entonces, casi al final, esa fascinación se va transformando en una angustia que lo arroja a un enorme vacío al concluir la última página. Es como cuando uno voltea después de haber andado un paisaje y lo observa detrás de si. La gravedad de un punto final o de un camino dejado. Dice Edmond Jabès, “el punto final del libro es un ojo que no tiene párpados.”

El primer libro que conocí de Pablo Amargo me ocurrió de la misma  forma, la cubierta era un enorme punto final que estaba en un comienzo. La contundencia y profundidad de su imagen se desplegaba junto a una palabra, la monocromía trabajaba para acentuar el único color rojo, enseguida una figura se disponía a combatir a un corazón y posaba en guardia mientras discretamente una llave se prestaba para accionar el juego.
La imagen de un juguete de cuerda de un boxeador y la palabra “Los novios” armaban una especie de escultura dibujada muy legible y que disparaba ideas, lecturas de ideas sobre el amor. Fue entonces que una vez comprendido me sucedía en su trabajo, y  en cada libro, la fascinación por comenzarlo y la angustia al terminarlo. Siempre había que pensar en todo lo visto, aunque creo que algunos de ellos son libros que nunca se terminan de leer.  Creo que Pablo Amargo es un ilustrador que recorre perfectamente sus caminos pero que no los entrega, sino que busca los no andados y es justamente ahí donde construye sus imágenes. Parte fundamental del trabajo de Pablo Amargo es el silencio, el silencio en los blancos que observan y que permiten lo que hay que decir, esculpiendo sus figuras monolíticas sin fisuras que están cuestionando en silencio.

El lenguaje aforístico en Amargo es exacto, conforma vocablos plásticos, en su rigor, compromete la lectura, es inevitable no leer sus imágenes,  ésta escritura precisa, la que va dibujando sus figuras, y que, en el ácido de la lectura (pienso que un ácido es justo una lectura que deja impresión), graba en su piedra un pensamiento visible. Así, Amargo se presenta de tajo, sin concesiones y como roca exacta en la silueta de lo contundente, litografías de su pensamiento.
Su trabajo se desarrolla proponiendo soluciones cada vez más poderosas, en uno de sus últimos libros “El río que se secaba los jueves” sus ilustraciones plenas y profundas abarcan  un tono sobriamente fantástico y su último libro “Exportaciones Insólitas” además, extiende una lectura en las imágenes que son una especie de apuntes metafóricos muy poéticos, indudablemente son ilustraciones que habitan los posibles y que navegan la paradoja de este círculo, un tanto complicado, de discurrir siempre desde la nada.
Sus libros asumen el silencio que deja leerlos y en su posibilidad se convierten en sólo caminos que prestan un paisaje para andar, trazando nuestra figura del entendimiento.  Inician en la fascinación extremadamente silenciosa y tienden una urdimbre con el texto en un juego amargo que es fascinante, es como entender todo sin poder nombrarlo: nuevamente ese silencio.  Leer sus imágenes nos arrincona de tajo a la reflexión, una y otra vez, después de haber sido arrojados por el texto y por la propia imagen, quedamos siempre frente a él, un acto amargo de un recorrido sin lugar.

Amargo hace a veces ranuras, grietas, siluetas, formas de lo imaginable, siempre poderosas y siempre silenciosas, el negativo que queda de restar lo que no es, y en ese mínimo espacio se habitan inmensamente en una oscura limpieza, diría Ida Vitale, reduce el infinito. Como ojo de cerradura que guarda las posibilidades de la imaginación, siempre tras esa puerta de lo evidente y que juega mucho a la metáfora, un solo ojo que siempre está abierto y que remeda al punto final de un excelente texto. Nada más por decir, todo por pensarse

Lo sorprendente de sus imágenes es lo formación de su escritura, que transcribe de un sistema verbal a un sistema simbólico sin perturbaciones, abriendo siempre la posibilidad de un pensamiento, un gran trabajo que hace del acto de leer un acto creativo, posibilitando el libro a diferentes encuentros de lectura, garantizando lecturas inmediatas como lecturas profundas, no hay exclusividad en su trabajo.

Amargo intelectualiza las imágenes, no las intuye, reelabora una especie de ideograma que contiene las ideas, Chillida gráfico o Hokusai de líneas, inspecciona la naturaleza de las cosas para producir su representación, representación de la idea, no de objetos, la intención de la línea que se transforma en plano y el plano que se hace forma, la forma que es idea: la lluvia, las ondas de lluvia, el reflejo de las ondas de lluvia, el recuerdo del reflejo de las ondas de lluvia que se hace paraguas, existen en una sola imagen. Sólo así es posible “observar la música” de una feria por los que suben y bajan los caballitos, solo así es posible “leer el vuelo” de una paloma mensajera vuelta timbre postal o hacer que las vacas “caguen nostálgicamente” hojas de un árbol o hacer del corazón el gatillo que dispara al amor, qué de aquel recortable que hace del amor un tendedero. En fin, una escritura que extiende lecturas posibles en la exactitud de su dibujo-idea.
Para este nivel de trabajo, la economía de color genera una sobriedad indispensable que vuelve a insistir en un espacio creado a conciencia, también ello es un escrito, sin elementos de más, destinada a extremar la idea, sin distraer la lectura, permitiendo un juego perfecto de composición que  rige las posibles lecturas, dirigidas todas a encumbrar los acentos.
Lo más asumible, es que las ilustraciones de Pablo Amargo existen plenamente junto al texto, necesitan el texto para operar, lo que habla de ese vinculo inherente de una perfecta ilustración, pertenecen por necesidad al libro, obedecen y dirigen el concepto del libro, tejiéndose con los elementos para construir un solo suceso, claro que ellas mismas son fascinantes por sí solas, pero su funcionamiento pleno es frente al texto, reelaborando otra idea de libro álbum y clarificando sus posibilidades.

Pablo Amargo, con su comprometido apellido, también paradójico, es un artista de pleno pensamiento que elabora posibles caminos en cada ilustración, dispone formas por sus libros para arrojarnos al silencio frente a su obra (siempre al silencio), contempla al mundo y lo piensa.
Es la posibilidad de la ilustración como encuentros de recorridos, que  nos dejan en silencio imaginando esos sentidos que tanto necesitamos para volver a comenzar desde un punto final.

sábado 19 de junio de 2010

Ideas de entrevista II

    – En ciertas ilustraciones hay mucho del blanco y del negro. ¿Por qué presentarlos de esta manera?

    Entiendo el color como las palabras y al negro lo entiendo como silencio, pero un silencio no dicho. Me gusta su presencia, el negro es el lugar de donde todo surge, el lugar que todo dice, donde se guarda todo y que, como en la penumbra, los colores se vuelven luz. El blanco sería por lo tanto otra sonoridad, sonoridad iluminada. Así el negro será lugar natural de los sueños, como la noche se presta a dibujar con un tono perfecto los deseos. Sí, el color de la imaginación siempre empieza en negro.  Yo muchas veces empiezo desde ahí, para que el color, como las palabras, se vuelvan luz, luz roja, luz amarilla, luz azul, colores que no solo tiñen sino que además generan un tono, construyendo la atmósfera. Ahora, la economía del color es indispensable para que sea eficaz esta escritura, la monocromía enfatiza los significados del color, una gama cromática que sirva de penumbra extrema el valor de un color significándolo y jerarquizando su uso, de ahí este uso que parte del negro.

    – ¿Cómo describiría su estilo generalmente?

    Sobre mi estilo he pensado en varias ocasiones y me resulta difícil definirlo, es evidente que me atraen muchas ideas estéticas y discursivas, por lo que mi estilo sería una especie de líneas de esa urdimbre que se va tejiendo permanentemente como lo es la memoria. Ahora, algo que me orienta mucho es el surrealismo, pero no el surrealismo del automatismo sino de la forma de acercarse a las realidades. Me gusta trabajar con lo incierto y las ausencias, hallando cierto sentido en los fragmentos de la realidad, no sé si sea admiración por ese realismo mágico de la literatura. También creo en la lectura como acto creativo y eso me ayuda mucho; trabajar en los bordes de la ilustración, por afuera, en lo que no se ve, donde la memoria y las realidades se juntan, en esos resquicios intento construir un lenguaje, un lenguaje muy escénico podría decir?

    – Sobre su trabajo seleccionado en Bologna 2008

    Se trata de una serie de ilustraciones para un libro que edito Anaya sobre un tema muy hermoso, el poder “mágico” de lo femenino. “A las buenas y a las malas”, son una antología de historias en las que aparecen personajes como brujas, hadas y princesas encantadas que juegan con la idea del poder de lo femenino. Mi idea de ilustrar estos cuentos fue la de establecer una apreciación muy personal de estas figuras, tanto en lo sublime, como en lo fantástico. Jugué mucho con estas formas.
La princesa encantada que es un vestido blanco en donde asoma el rostro de una luna, la hada madrina que viaja en una calabaza, la ambiciosa mujer que se oculta tras una máscara de cuervo o la bruja malhumorada que se vuelve casa y en la que se "esconde" tras su puerta. Los personajes intentan contrastar sus gestos, formas sólidas y otras que solo se sugieren, como ésta contradicción de lo humano, o el recurso de los sombreros, que aparece como un lenguaje escénico en donde se plasma la propia personalidad.
Hay muchos rasgos de juego que buscan esa intención de lo imaginativo, un juego de retablos inciertos que no concluyen sobre este poder atractivo de lo femenino, sino solo arrojan imágenes posibles sobre el texto.

    – ¿Cómo se inspiro?

    Me ayudo mucho un texto de Harold Bloom, “La invención de lo humano”, y aunque se centra en un autor en particular, describe los artificios que se han construido en la literatura como lo “humano” y lo “fantasioso” y crea un juego del espejo sin fin, en donde lo humano genera íconos visuales y éstos regresan a construir lo humano. La idea sencilla de jugar con elementos muy identificables.
 
    – ¿Qué mensaje quizo transmitir?

    Existe un intento de concepto que me gusta jugar en las imágenes, que me ayudan a construirlas, pero no tengo intención de que se entienda todo, me es suficiente en abastecer la primera lectura y prefiero pensar en las imágenes como esos mensajes que uno pone en una botella y los tira al mar, deseando que alguien los lea pero sin jamás tener la certeza de que así sucederá, como una promesa.  Ese es el mensaje justo que desearía existiera, la de ser un mensaje en la botella. Mera posibilidad.

    – ¿Cómo creó el carácter para los trabajos seleccionados?

    El carácter del proyecto es una consecuencia del propio texto, de su escritura, aunque también me ayuda el escribir ideas cortas sobre la historia, estas palabras que surgen empiezan a dirigir todo el concepto del proyecto, dan luz al tono y a sus rasgos, una especie de análisis de texto muy sui géneris, incluso se vuelven un esquema muy literal, es como obtener de las palabras su color poético para luego escribirlas en imágenes literales en donde la metáfora se vuelve fundamental para la construcción de ellas. De estos escritos obtengo el concepto.
Algo característico es su lenguaje escénico, desarrollo una especie de vestuario o atrezzo que da carácter a la estética de los personajes y que pretenden extender su historia. Lo demás es un recorrido en busca de vereda.

    – ¿Qué material, herramienta o técnicas utilizó?

    La mayoría de mi trabajo es digital, texturas, colores, dibujo, aunque a veces digitalizo alguna textura y retomo su estructura para crear una nueva o sencillamente para usarla. Curiosamente utilizo también las palabras, el proceso es algo muy parecido a un montaje de imágenes. La forma de trabajar es comenzar con las palabras, las escribo, las uso, las muevo, juego con ellas, esto siempre me ayuda a acercarme a los elementos, fotografías, textos, papeles, colores, todo es susceptible de uso.

    – ¿De sus trabajos, cuál fue el que le significó mayor trabajo y esfuerzo? ¿Por qué?

    Unos de los trabajos que más he desarrollado ha sido la serie de Llona, primeramente porque con ella rompí la forma en que antiguamente trabajaba y la forma en que me relacionaba con el trabajo, implicó inventarme y empezar a construir una idea sobre las ilustración y los libros.
Con ella llevé un trabajo sobre la idea del anhelo, donde la escritura me acercó a la parte personal de este concepto. Entendí lo que es para mi un anhelo y trabajé mucho los espacios como una escena en donde surgían accidentes que me llevaron a las formas, como encuentros afortunados, de ellos surgían cuestiones que tenía que resolver, una especie de diálogo propio que terminó en imágenes que no sabía dónde terminarían, pero que me llevo a la serie que terminé mucho tiempo después.

    – ¿Puede compartir con nosotros ideas sobre su trabajo "LLONA"? ¿Cuál es el significado del color rojo y de la luna?

    Llona, es un ser de pies pequeños, ligeros, tragedia para ser humano con un cuerpo que anda en la tierra, casi de rostro infantil, su mirada anhelante, siempre en busca, sin saber qué pero siempre en busca, en ese impulso del deseo que lo cubre todo, como ella, incendiándolo todo, como una noche roja en la que nos perdemos.
La serie consta de tres imágenes, en donde el juego del anhelos se desarrolla, en la primera, ella, vestida de deseo, se acerca, lo envuelve, le susurra y en un abrazo profundamente rojo, que lo arropa, como la vida, le guía, le hace enamorarse de la luna, lo pierde. Llona en una noche, en una noche roja mirando la luna, curiosamente sobre la Luna, una luna enorme que igual son los cuernos de un toro blanco, nunca sabremos. Mientras el reflejo de otra luna cuelga en su Mirada.
En la segunda imagen ella le ha dejado sus alas, alas inciertas que le hacen pensar en volar, dejar el piso, intentando navegar por la noche, recogiéndose furtiva, anunciando la madrugada.
En la tercera imagen, Llona vuela ágil o eso parece, como esos peces que le nadan el cuerpo y que lo visten de locura:inasibles. Su ropa se ha manchado de rojo, como si la noche fuera él mismo, mientras ella, huye eternamente en un caballo azul, quedando la madrugada y la mirada que nunca se acaba.
Una serie de imágenes sobre el anhelo, sobre esa parte platónica del deseo vehemente, siempre ilusorio, siempre vital al ser humano. El rojo es sangre, sangre que mueve, sangre que se vuelve fuego y que lo abraza todo, rojo que es luz y que es fuego, consumiéndolo, devorándolo, vistiéndolo. Alumbrando la noche.  Y la luna siempre en lo alto asomándose para impulsarnos, aunque sea una ilusión.
Hay muchas ideas vertidas, la luna, que en el solo acto de alumbrar puede volver lunático a cualquiera (muy parecido al amor), los peces como las figuras metafóricas de lo inasible, el rojo que es una idea de sangre-fuego, las alas, el negro que hace mover todo los elementos.
En sí el trabajo es una exploración sobre el anhelo, ideas que se disponen a manera de teatro en el que intento verme.

    – ¿De dónde consigue su inspiracion generalmente? ¿Qué película, libros o música disfruta?

    La inspiración me viene de los días, de creer en todo momento en la certeza del texto. Me gusta pensar que la vida es en todo momento ficción, hacer que todo se haga una realidad, texto y pensamiento.
No hay más realidad que la que uno pronuncie.
Lorca es uno de los escritores que más me ha inspirado, Marguerite Duras, Robert Walser. En cine, considero el mejor a Theo Angelopoulos, me gusta Pina Bausch. Me gusta mucho el teatro.
Y de música hay un grupo que siempre me hace encontrarme, es un disco de un grupo llamado Stoa, o por ejemplo la música de Eleni
No sé, me inspiran los días, la gente, las fotografías, por ejemplo, Diane Arbus se me hace interminable, en fin, soy muy susceptible a ser detonado.

    – ¿Estudió ilustración en alguna escuela?

    No, estudié escenografía en una escuela de teatro en México.

    – ¿Qué influencias tiene su trabajo? ¿tiene algún trabajo como ejemplo?

    Las influencias en mi trabajo son muy variadas, pero vienen más de ideas de escritores que de ilustradores, aunque admiro mucho el trabajo de grandes artistas como Wolf Erlbruch, Lisbeth Zwerger, Pablo Amargo, Narges Mohammadi, Carlos Alonso, maestros excepcionales.
Ahora, la influencia más ubicable para mi trabajo es un trabajo que hizo un poeta mexicano, Octavio Paz, con unas cajas y construcciones plásticas de su esposa, Marie José, “Figuras y Figuraciones”, éstas construcciones eran percepciones de conceptos visuales muy bizarras a las cuales Octavio Paz les escribió un texto tan profundo y esclarecedor como irónico. Transfiguró en la imaginación conceptos visuales a conceptos escritos, al revés de nosotros los ilustradores, sin embargo es un ejercicio de lectura sorprendente y la idea más motivadora de cómo ilustrar un libro: “Más que cosas para ser vistas, son alas para viajar, velas para vagar y divagar, espejos que atravesar”.
(imagen “Les Yeux de la Nuit”).
En cuanto gusto estético, tengo un gusto por muchos pintores, desde Chagall, Caravaggio, El Bosco, Brueghel, Goya, en fin, un sin fin de genios del arte.
Un ejemplos tácito es la serie de Llona, que intenta un movimiento muy chagaliano en la figura, o “Calabacina” que navega por el mundo del Bosco, no sé.

    – ¿Para el arte, para la vida o para la diversión, qué cosa  usted tiene gusto de intentar después?

    Me gustaría mucho concluir un proyecto de animación que tengo en planes, pero no estoy muy seguro. Y escribir, aunque nunca podría ser escritor, solo como camino para seguir encontrándome o por lo menos inventándome junto con mi trabajo. Y con algunas pequeñas esculturas tengo un pendiente durmiendo.



Entrevista para dpi Magazine 2008
por Sasha Weng.