sábado, 6 de noviembre de 2010

Callar e imaginar



Un dibujo son los ojos queriendo ver a un Dios.


 

jueves, 9 de septiembre de 2010

Mirar y decir

 
Las palabra son los ojos de un Dios que nos mira.


jueves, 22 de julio de 2010

Fragmentación y cuerpo de la ilustración en México.

La intermitencia en la formación que existe entre generación y generación de ilustradores en México es una fractura en la continuidad del conocimiento que no ha permitido consolidar una línea histórica reconocible desde dónde partir para proyectar nuevos horizontes. Las ideas como sus discursos se disuelven entre las hendiduras generacionales, apareciendo y desapareciendo con cada ilustrador que surge y cada vez que se pretende renovarlas no logran presentar ningún cambio. Es una reducción a trabajar sobre lo ignorado distanciando el avance de los entendidos de ilustración. Pensar que con las nuevas generaciones se podrán renovar las perspectivas sobre la ilustración automáticamente es un fallo, tampoco lo será si dejamos esta tarea al entorno de nuestro trabajo, y aunque las circunstancias van cambiando para todos, habilitándonos poco a poco a enfrentarlas mientras nos sostienen momentáneamente, no supondrá ningún avance fundamental. Así, el estado general de los entendidos de ilustración se mantienen sujetos, agotados, como un paisaje rígido que hay detrás de un tiro al blanco que sirve de fondo mientras gira una rueda en torno a su propio eje, apareciendo y desapareciendo las mismas figuras una y otra vez, haciendo parecer que todo se mueve.
Es este estado, en el que nos desenvolvemos, lo que ha pasmado la historicidad de la profesión y en consecuencia ha asfixiado el crecimiento de las ideas procedentes para replantearlas y proseguir con nuevas realidades, impidiendo además construir esa base fundamental de funcionamiento que la historia produce en el artista. Urge definitivamente profesionalizar y abrir los modos de estar del ilustrador.
Las ideas de ilustrar en México han sido una invención de los entendidos muy ad líbitum, no de estructura; extraviando con ello los avances que pudieran generarse en un pasado e iniciando siempre desde nada todo comienzo. Sin duda, y a pesar de ello, es cierto que se puede erigir una postura frente a la labor con cierta estructura, sin embargo ésta no llega a hacerse consciente, es una inercia y nos mantiene únicamente por la superficialidad de la creación, marginándonos a paliativos que suplen esa hondura reflexiva que la actividad de ilustrar debe tener. Solo en ciertos casos la particularidad de los artistas ha logrado profundizar en una postura creativa, sin embargo muchos otros se mantienen confinados en el recurso exclusivo del estilo como forma de estructurar, trivializando contenidos y a merced de la inspiración.
Creo además que es importante entender que el ilustrador debe  fundar una postura desde su momento histórico y humano para poder visualizar verdaderamente la profundidad de la profesión y asumir tal dimensión, ya que de no ser así nos reducirá y nos mantendrá clavados a los artificios estéticos que solo connotan un vacío y que nos cercan a los perceptos kitsch. Las tendencias, las modas, las vanguardias, incluso las nuevas tecnologías o hasta el estilo, son, sin éste peso conceptual, disimulos falsos que tarde o temprano pasarán sin peso alguno sobre la idea de ilustrar. Así pues, tenemos un lastre que nos mantiene a esa rueda de feria para aparecer y desaparecer una y otra vez sobre una estética socaliña y remedada que hay que romper.
Hay que generar reflexión sobre la información, construir pensamientos, enlazarse en el diálogo, definir los entendido colectivos y personales, y de ahí entonces empezar a crear. Tenemos un panorama fragmentado que no puede hilar historicidad alguna, nos mantenemos excluidos cuando deberíamos ser vasos comunicantes, provocamos un aneurisma que impide la oxigenación con conocimiento, con información, padecemos una misantropía, irónicamente nosotros que trabajamos en éste espacio de reunión que es el libro. Éste discontinuo proceso seguirá fracturando por mucho tiempo el carácter dialéctico y seguirá anulando cualquier transmisión de ideas si seguimos replegados sobre nosotros mismos, así es como la ilustración en nuestro país se ha mantenido relegada, a través de criterios que van surgiendo solamente con la experiencia y con la información que uno va acumulando, manteniendo esa limitante en los modelos de estar y de crear
A reserva del trabajo, muy sobresaliente por cierto, de Guillermo de Gante en sus diplomados, no ha habido otro trabajo que enlace y que disponga de estructuras suficientes para conformar la profesionalización de la ilustración en México, y aunque es cierto que en estos últimos años han surgido talleres de ilustración y algunos encuentros importantes como el de Oaxaca producido por la FILIJ, no es, ni será suficiente si permitimos esa intermitencia y no empezamos la discusión, no en persona, sino en ejercicios de crítica, de estructura, de profundidad en el  trabajo, de enlace; si no sorteamos esta circunstancia retraída que limita todo nuestro desarrollo a meros ejercicios de encuentros de experiencias; si no construimos un verdadero sostén cognitivo de procedencia que desarrolle, provoque y genere posturas; si no construimos desde los conceptos e ideas; si no nos dirigimos hacia una profesionalización, entonces, la ilustración en México seguirá inconexa y se mantendrá como cuerpo yerto. Sustentándose solamente de excepcionalidades mientras la gran mayoría se mantiene en la mediocridad, de importaciones que no devuelvan la mirada, de decisiones editoriales con fines de mercado solamente, consolidando el objeto  ante la pérdida del sentido, de una estética empobrecida, de la ausencia de nosotros mismos.
Y a reserva de la falta de atención que han tenido las instituciones y universidades para esta actividad, los ilustradores tampoco hemos trabajado por consolidar ningún vínculo que genere alguna colegialidad en la que podamos participar para modificar ésta situación. De ahí la importancia de asumir un compromiso de anexión y diálogo en grupo para incidir en las circunstancias de nuestro trabajo y señalar los horizontes. Sin duda es un trabajo que necesitamos aparejar con los compromisos personales sin esperar edificios por habitar. La idea es clara, no estamos excluidos sino sólo por nosotros mismos, el ejercicio personal de compromiso es una línea que termina en el compromiso colectivo y puede ser tan inmediata como trabajar con conocimiento, con conciencia, abandonando la indiferencia y criticando abiertamente con la propuesta. Al final, en determinado tiempo, todo ese trabajo abrirá los espacios que tanto reclamamos, incidiendo en las relaciones creativas y le devolverá a la ilustración su valor significativo y creativo. En fines prácticos, es una necesidad primordial para consolidar el trabajo individual, entender  que no se puede desarrollar el trabajo de la ilustración desde el entorno del sistema en que nos relacionamos productivamente, más bien revisando nuestro estado actual analizando la historia y reflexionando su información para erigir desde una postura cierta las ideas con conocimiento de la ilustración.
De ahí la necesidad de pensar verdaderamente en una asociación de ilustradores como lo plantea Ricardo Peláez, pero con un carácter de foro dinámico, que vincule conocimiento e ideas, que promueva el análisis, la discusión, la reflexión, el encuentro y que busque en la vinculación los conceptos fundamentales del funcionamiento de ilustrar como profesión creadora, solo así se puede pensar en ocupar plenamente los derechos de autor: siendo creador. No hay por qué limitarse a un directorio de ilustradores o a escaparates de merchandising grupales, sino más bien pensar en un organismo que conecte, que mueva, que organice seminarios, laboratorios, exposiciones, asumir el compromiso de trabajar desde lo colectivo donde no hay trabajo, no esperar una paternidad que no existe. Incorporar a nuestro ámbito la presencia de la crítica especializada, del análisis que se dan en las universidades, del ensayo de autor, reinventar en nuestro modo y a nuestro tiempo la profesión de ilustrar, ser contrapeso con conocimiento en las ideas del libro para establecer nuevas formas de relacionarse, incidir en los libros directamente como creadores. Creo que en la medida en que nos reunamos, nos identifiquemos y abramos la discusión a las diferencias se encontrarán los sentidos y definiremos, en lo individual, el nuevo cuerpo del ilustrador mexicano.

domingo, 27 de junio de 2010

El mundo es lo que pensamos.

Reflexión sobre el trabajo de Pablo Amargo.

Encontrar sentido a las cosas es un acto vital, indispensable, nos define, aunque siempre lleva un tono trágico, porque nos arroja al lugar de donde partimos en esa búsqueda: el silencio absoluto. Paradoja ilusoria como quien lee un libro.

Cuando se empieza a leer sucede un estado de excitación por la expectativa, muy parecida a la que le acontece a uno cuando ve un paisaje y de inmediato empieza a  andarlo, igualmente ocurre con un libro álbum, expectativa que se va transformando en fascinación conforme uno se va adentrando y el libro resulta bueno. Entonces, casi al final, esa fascinación se va transformando en una angustia que lo arroja a un enorme vacío al concluir la última página. Es como cuando uno voltea después de haber andado un paisaje y lo observa detrás de si. La gravedad de un punto final o de un camino dejado. Dice Edmond Jabès, “el punto final del libro es un ojo que no tiene párpados.”

El primer libro que conocí de Pablo Amargo me ocurrió de la misma  forma, la cubierta era un enorme punto final que estaba en un comienzo. La contundencia y profundidad de su imagen se desplegaba junto a una palabra, la monocromía trabajaba para acentuar el único color rojo, enseguida una figura se disponía a combatir a un corazón y posaba en guardia mientras discretamente una llave se prestaba para accionar el juego.
La imagen de un juguete de cuerda de un boxeador y la palabra “Los novios” armaban una especie de escultura dibujada muy legible y que disparaba ideas, lecturas de ideas sobre el amor. Fue entonces que una vez comprendido me sucedía en su trabajo, y  en cada libro, la fascinación por comenzarlo y la angustia al terminarlo. Siempre había que pensar en todo lo visto, aunque creo que algunos de ellos son libros que nunca se terminan de leer.  Creo que Pablo Amargo es un ilustrador que recorre perfectamente sus caminos pero que no los entrega, sino que busca los no andados y es justamente ahí donde construye sus imágenes. Parte fundamental del trabajo de Pablo Amargo es el silencio, el silencio en los blancos que observan y que permiten lo que hay que decir, esculpiendo sus figuras monolíticas sin fisuras que están cuestionando en silencio.

El lenguaje aforístico en Amargo es exacto, conforma vocablos plásticos, en su rigor, compromete la lectura, es inevitable no leer sus imágenes,  ésta escritura precisa, la que va dibujando sus figuras, y que, en el ácido de la lectura (pienso que un ácido es justo una lectura que deja impresión), graba en su piedra un pensamiento visible. Así, Amargo se presenta de tajo, sin concesiones y como roca exacta en la silueta de lo contundente, litografías de su pensamiento.
Su trabajo se desarrolla proponiendo soluciones cada vez más poderosas, en uno de sus últimos libros “El río que se secaba los jueves” sus ilustraciones plenas y profundas abarcan  un tono sobriamente fantástico y su último libro “Exportaciones Insólitas” además, extiende una lectura en las imágenes que son una especie de apuntes metafóricos muy poéticos, indudablemente son ilustraciones que habitan los posibles y que navegan la paradoja de este círculo, un tanto complicado, de discurrir siempre desde la nada.
Sus libros asumen el silencio que deja leerlos y en su posibilidad se convierten en sólo caminos que prestan un paisaje para andar, trazando nuestra figura del entendimiento.  Inician en la fascinación extremadamente silenciosa y tienden una urdimbre con el texto en un juego amargo que es fascinante, es como entender todo sin poder nombrarlo: nuevamente ese silencio.  Leer sus imágenes nos arrincona de tajo a la reflexión, una y otra vez, después de haber sido arrojados por el texto y por la propia imagen, quedamos siempre frente a él, un acto amargo de un recorrido sin lugar.

Amargo hace a veces ranuras, grietas, siluetas, formas de lo imaginable, siempre poderosas y siempre silenciosas, el negativo que queda de restar lo que no es, y en ese mínimo espacio se habitan inmensamente en una oscura limpieza, diría Ida Vitale, reduce el infinito. Como ojo de cerradura que guarda las posibilidades de la imaginación, siempre tras esa puerta de lo evidente y que juega mucho a la metáfora, un solo ojo que siempre está abierto y que remeda al punto final de un excelente texto. Nada más por decir, todo por pensarse

Lo sorprendente de sus imágenes es lo formación de su escritura, que transcribe de un sistema verbal a un sistema simbólico sin perturbaciones, abriendo siempre la posibilidad de un pensamiento, un gran trabajo que hace del acto de leer un acto creativo, posibilitando el libro a diferentes encuentros de lectura, garantizando lecturas inmediatas como lecturas profundas, no hay exclusividad en su trabajo.

Amargo intelectualiza las imágenes, no las intuye, reelabora una especie de ideograma que contiene las ideas, Chillida gráfico o Hokusai de líneas, inspecciona la naturaleza de las cosas para producir su representación, representación de la idea, no de objetos, la intención de la línea que se transforma en plano y el plano que se hace forma, la forma que es idea: la lluvia, las ondas de lluvia, el reflejo de las ondas de lluvia, el recuerdo del reflejo de las ondas de lluvia que se hace paraguas, existen en una sola imagen. Sólo así es posible “observar la música” de una feria por los que suben y bajan los caballitos, solo así es posible “leer el vuelo” de una paloma mensajera vuelta timbre postal o hacer que las vacas “caguen nostálgicamente” hojas de un árbol o hacer del corazón el gatillo que dispara al amor, qué de aquel recortable que hace del amor un tendedero. En fin, una escritura que extiende lecturas posibles en la exactitud de su dibujo-idea.
Para este nivel de trabajo, la economía de color genera una sobriedad indispensable que vuelve a insistir en un espacio creado a conciencia, también ello es un escrito, sin elementos de más, destinada a extremar la idea, sin distraer la lectura, permitiendo un juego perfecto de composición que  rige las posibles lecturas, dirigidas todas a encumbrar los acentos.
Lo más asumible, es que las ilustraciones de Pablo Amargo existen plenamente junto al texto, necesitan el texto para operar, lo que habla de ese vinculo inherente de una perfecta ilustración, pertenecen por necesidad al libro, obedecen y dirigen el concepto del libro, tejiéndose con los elementos para construir un solo suceso, claro que ellas mismas son fascinantes por sí solas, pero su funcionamiento pleno es frente al texto, reelaborando otra idea de libro álbum y clarificando sus posibilidades.

Pablo Amargo, con su comprometido apellido, también paradójico, es un artista de pleno pensamiento que elabora posibles caminos en cada ilustración, dispone formas por sus libros para arrojarnos al silencio frente a su obra (siempre al silencio), contempla al mundo y lo piensa.
Es la posibilidad de la ilustración como encuentros de recorridos, que  nos dejan en silencio imaginando esos sentidos que tanto necesitamos para volver a comenzar desde un punto final.

sábado, 19 de junio de 2010

Ideas de entrevista II

    – En ciertas ilustraciones hay mucho del blanco y del negro. ¿Por qué presentarlos de esta manera?

    Entiendo el color como las palabras y al negro lo entiendo como silencio, pero un silencio no dicho. Me gusta su presencia, el negro es el lugar de donde todo surge, el lugar que todo dice, donde se guarda todo y que, como en la penumbra, los colores se vuelven luz. El blanco sería por lo tanto otra sonoridad, sonoridad iluminada. Así el negro será lugar natural de los sueños, como la noche se presta a dibujar con un tono perfecto los deseos. Sí, el color de la imaginación siempre empieza en negro.  Yo muchas veces empiezo desde ahí, para que el color, como las palabras, se vuelvan luz, luz roja, luz amarilla, luz azul, colores que no solo tiñen sino que además generan un tono, construyendo la atmósfera. Ahora, la economía del color es indispensable para que sea eficaz esta escritura, la monocromía enfatiza los significados del color, una gama cromática que sirva de penumbra extrema el valor de un color significándolo y jerarquizando su uso, de ahí este uso que parte del negro.

    – ¿Cómo describiría su estilo generalmente?

    Sobre mi estilo he pensado en varias ocasiones y me resulta difícil definirlo, es evidente que me atraen muchas ideas estéticas y discursivas, por lo que mi estilo sería una especie de líneas de esa urdimbre que se va tejiendo permanentemente como lo es la memoria. Ahora, algo que me orienta mucho es el surrealismo, pero no el surrealismo del automatismo sino de la forma de acercarse a las realidades. Me gusta trabajar con lo incierto y las ausencias, hallando cierto sentido en los fragmentos de la realidad, no sé si sea admiración por ese realismo mágico de la literatura. También creo en la lectura como acto creativo y eso me ayuda mucho; trabajar en los bordes de la ilustración, por afuera, en lo que no se ve, donde la memoria y las realidades se juntan, en esos resquicios intento construir un lenguaje, un lenguaje muy escénico podría decir?

    – Sobre su trabajo seleccionado en Bologna 2008

    Se trata de una serie de ilustraciones para un libro que edito Anaya sobre un tema muy hermoso, el poder “mágico” de lo femenino. “A las buenas y a las malas”, son una antología de historias en las que aparecen personajes como brujas, hadas y princesas encantadas que juegan con la idea del poder de lo femenino. Mi idea de ilustrar estos cuentos fue la de establecer una apreciación muy personal de estas figuras, tanto en lo sublime, como en lo fantástico. Jugué mucho con estas formas.
La princesa encantada que es un vestido blanco en donde asoma el rostro de una luna, la hada madrina que viaja en una calabaza, la ambiciosa mujer que se oculta tras una máscara de cuervo o la bruja malhumorada que se vuelve casa y en la que se "esconde" tras su puerta. Los personajes intentan contrastar sus gestos, formas sólidas y otras que solo se sugieren, como ésta contradicción de lo humano, o el recurso de los sombreros, que aparece como un lenguaje escénico en donde se plasma la propia personalidad.
Hay muchos rasgos de juego que buscan esa intención de lo imaginativo, un juego de retablos inciertos que no concluyen sobre este poder atractivo de lo femenino, sino solo arrojan imágenes posibles sobre el texto.

    – ¿Cómo se inspiro?

    Me ayudo mucho un texto de Harold Bloom, “La invención de lo humano”, y aunque se centra en un autor en particular, describe los artificios que se han construido en la literatura como lo “humano” y lo “fantasioso” y crea un juego del espejo sin fin, en donde lo humano genera íconos visuales y éstos regresan a construir lo humano. La idea sencilla de jugar con elementos muy identificables.
 
    – ¿Qué mensaje quizo transmitir?

    Existe un intento de concepto que me gusta jugar en las imágenes, que me ayudan a construirlas, pero no tengo intención de que se entienda todo, me es suficiente en abastecer la primera lectura y prefiero pensar en las imágenes como esos mensajes que uno pone en una botella y los tira al mar, deseando que alguien los lea pero sin jamás tener la certeza de que así sucederá, como una promesa.  Ese es el mensaje justo que desearía existiera, la de ser un mensaje en la botella. Mera posibilidad.

    – ¿Cómo creó el carácter para los trabajos seleccionados?

    El carácter del proyecto es una consecuencia del propio texto, de su escritura, aunque también me ayuda el escribir ideas cortas sobre la historia, estas palabras que surgen empiezan a dirigir todo el concepto del proyecto, dan luz al tono y a sus rasgos, una especie de análisis de texto muy sui géneris, incluso se vuelven un esquema muy literal, es como obtener de las palabras su color poético para luego escribirlas en imágenes literales en donde la metáfora se vuelve fundamental para la construcción de ellas. De estos escritos obtengo el concepto.
Algo característico es su lenguaje escénico, desarrollo una especie de vestuario o atrezzo que da carácter a la estética de los personajes y que pretenden extender su historia. Lo demás es un recorrido en busca de vereda.

    – ¿Qué material, herramienta o técnicas utilizó?

    La mayoría de mi trabajo es digital, texturas, colores, dibujo, aunque a veces digitalizo alguna textura y retomo su estructura para crear una nueva o sencillamente para usarla. Curiosamente utilizo también las palabras, el proceso es algo muy parecido a un montaje de imágenes. La forma de trabajar es comenzar con las palabras, las escribo, las uso, las muevo, juego con ellas, esto siempre me ayuda a acercarme a los elementos, fotografías, textos, papeles, colores, todo es susceptible de uso.

    – ¿De sus trabajos, cuál fue el que le significó mayor trabajo y esfuerzo? ¿Por qué?

    Unos de los trabajos que más he desarrollado ha sido la serie de Llona, primeramente porque con ella rompí la forma en que antiguamente trabajaba y la forma en que me relacionaba con el trabajo, implicó inventarme y empezar a construir una idea sobre las ilustración y los libros.
Con ella llevé un trabajo sobre la idea del anhelo, donde la escritura me acercó a la parte personal de este concepto. Entendí lo que es para mi un anhelo y trabajé mucho los espacios como una escena en donde surgían accidentes que me llevaron a las formas, como encuentros afortunados, de ellos surgían cuestiones que tenía que resolver, una especie de diálogo propio que terminó en imágenes que no sabía dónde terminarían, pero que me llevo a la serie que terminé mucho tiempo después.

    – ¿Puede compartir con nosotros ideas sobre su trabajo "LLONA"? ¿Cuál es el significado del color rojo y de la luna?

    Llona, es un ser de pies pequeños, ligeros, tragedia para ser humano con un cuerpo que anda en la tierra, casi de rostro infantil, su mirada anhelante, siempre en busca, sin saber qué pero siempre en busca, en ese impulso del deseo que lo cubre todo, como ella, incendiándolo todo, como una noche roja en la que nos perdemos.
La serie consta de tres imágenes, en donde el juego del anhelos se desarrolla, en la primera, ella, vestida de deseo, se acerca, lo envuelve, le susurra y en un abrazo profundamente rojo, que lo arropa, como la vida, le guía, le hace enamorarse de la luna, lo pierde. Llona en una noche, en una noche roja mirando la luna, curiosamente sobre la Luna, una luna enorme que igual son los cuernos de un toro blanco, nunca sabremos. Mientras el reflejo de otra luna cuelga en su Mirada.
En la segunda imagen ella le ha dejado sus alas, alas inciertas que le hacen pensar en volar, dejar el piso, intentando navegar por la noche, recogiéndose furtiva, anunciando la madrugada.
En la tercera imagen, Llona vuela ágil o eso parece, como esos peces que le nadan el cuerpo y que lo visten de locura:inasibles. Su ropa se ha manchado de rojo, como si la noche fuera él mismo, mientras ella, huye eternamente en un caballo azul, quedando la madrugada y la mirada que nunca se acaba.
Una serie de imágenes sobre el anhelo, sobre esa parte platónica del deseo vehemente, siempre ilusorio, siempre vital al ser humano. El rojo es sangre, sangre que mueve, sangre que se vuelve fuego y que lo abraza todo, rojo que es luz y que es fuego, consumiéndolo, devorándolo, vistiéndolo. Alumbrando la noche.  Y la luna siempre en lo alto asomándose para impulsarnos, aunque sea una ilusión.
Hay muchas ideas vertidas, la luna, que en el solo acto de alumbrar puede volver lunático a cualquiera (muy parecido al amor), los peces como las figuras metafóricas de lo inasible, el rojo que es una idea de sangre-fuego, las alas, el negro que hace mover todo los elementos.
En sí el trabajo es una exploración sobre el anhelo, ideas que se disponen a manera de teatro en el que intento verme.

    – ¿De dónde consigue su inspiracion generalmente? ¿Qué película, libros o música disfruta?

    La inspiración me viene de los días, de creer en todo momento en la certeza del texto. Me gusta pensar que la vida es en todo momento ficción, hacer que todo se haga una realidad, texto y pensamiento.
No hay más realidad que la que uno pronuncie.
Lorca es uno de los escritores que más me ha inspirado, Marguerite Duras, Robert Walser. En cine, considero el mejor a Theo Angelopoulos, me gusta Pina Bausch. Me gusta mucho el teatro.
Y de música hay un grupo que siempre me hace encontrarme, es un disco de un grupo llamado Stoa, o por ejemplo la música de Eleni
No sé, me inspiran los días, la gente, las fotografías, por ejemplo, Diane Arbus se me hace interminable, en fin, soy muy susceptible a ser detonado.

    – ¿Estudió ilustración en alguna escuela?

    No, estudié escenografía en una escuela de teatro en México.

    – ¿Qué influencias tiene su trabajo? ¿tiene algún trabajo como ejemplo?

    Las influencias en mi trabajo son muy variadas, pero vienen más de ideas de escritores que de ilustradores, aunque admiro mucho el trabajo de grandes artistas como Wolf Erlbruch, Lisbeth Zwerger, Pablo Amargo, Narges Mohammadi, Carlos Alonso, maestros excepcionales.
Ahora, la influencia más ubicable para mi trabajo es un trabajo que hizo un poeta mexicano, Octavio Paz, con unas cajas y construcciones plásticas de su esposa, Marie José, “Figuras y Figuraciones”, éstas construcciones eran percepciones de conceptos visuales muy bizarras a las cuales Octavio Paz les escribió un texto tan profundo y esclarecedor como irónico. Transfiguró en la imaginación conceptos visuales a conceptos escritos, al revés de nosotros los ilustradores, sin embargo es un ejercicio de lectura sorprendente y la idea más motivadora de cómo ilustrar un libro: “Más que cosas para ser vistas, son alas para viajar, velas para vagar y divagar, espejos que atravesar”.
(imagen “Les Yeux de la Nuit”).
En cuanto gusto estético, tengo un gusto por muchos pintores, desde Chagall, Caravaggio, El Bosco, Brueghel, Goya, en fin, un sin fin de genios del arte.
Un ejemplos tácito es la serie de Llona, que intenta un movimiento muy chagaliano en la figura, o “Calabacina” que navega por el mundo del Bosco, no sé.

    – ¿Para el arte, para la vida o para la diversión, qué cosa  usted tiene gusto de intentar después?

    Me gustaría mucho concluir un proyecto de animación que tengo en planes, pero no estoy muy seguro. Y escribir, aunque nunca podría ser escritor, solo como camino para seguir encontrándome o por lo menos inventándome junto con mi trabajo. Y con algunas pequeñas esculturas tengo un pendiente durmiendo.



Entrevista para dpi Magazine 2008
por Sasha Weng.

miércoles, 16 de junio de 2010

Erigir desde la intuición

Reflexión sobre el trabajo de Javier Zabala.

  La forma en que crecen los árboles, enramando su caudal silencioso, enuncia un equilibrio continuo que a veces dejamos de percibir o que hemos olvidado, sin embargo esa perennidad que lo abraza todo es un vínculo con el inmenso orden que jamás se pierde; como un dibujo que se realiza en el cuerpo de aquello que, sin saber cómo, conocemos perfectamente. Como la tinta del artista que inunda el papel dibujando la forma que presentimos desde antes de que el pincel toque siquiera parte alguna del papel. Es el péndulo de la intuición, que sujeto siempre por el instante se balancea entre infinidad  de fuerzas, como un torno delicado que lo dibuja todo.
La perennidad nos abraza.

    Intuir es percibir, re-conocer algo, el dialogo permanente, entonces la instrumentalización de los lenguajes creativos como interlocutores de esa percepción del mundo, literalmente como traductores entre el lenguaje del ser y el lenguaje del universo, nos acercan y juegan a regresarnos, por un instante, al vasto universo, completando ese re-conocerse. Así, igual de maravilloso que es observar un árbol lo es también leer un libro ilustrado con plenitud, ambos nos hablan de aquel invisible mundo que nos dibuja. No es una exageración, es entender el valor del libro como axis mundi que nos acerca y nos define. Naturaleza tan propia y tan antigua como el libro mismo.

    Recuerdo el primer libro de Javier Zabala que conocí, El soldadito Salomón, recuerdo su alongado personaje, su enorme sombrero, recuerdo sus gatos sobrios, las líneas alargadas, los edificios volviéndose humo, los montajes francos y llenos de soltura, el mundo de trazos y trozos que se acomodaban con naturalidad, pero sobre todo recuerdo el mismo vaivén que tiene la hoja en la rama, como la de un pino, dibujando las ilustraciones. Un libro ilustrado desde la intuición, en el vaivén de la lectura como lo hace la rama.
    Zabala habita esta fluctuación dibujando las formas desde la intuición, dejándose llevar por la soltura, manteniendo ese vínculo directo con el movimiento y el presentimiento. Una relación que guía la mano en el trazo, que la suspende o la impulsa, la misma que hace que la tinta inunde como lo hacen los ríos en una planicie, encontrando vereda, sin rigidez. Sobre esa temporalidad navegan los elementos, encontrando plasticidad a cada gesto, instante a instante, con la calma con la que crece el cerezo, generando espacios apacibles en el libro, como arbolando la neblina del lienzo, sobre el sustantivo del blanco, intercambiando entre páginas el aire que libera y que hace respirar la lectura; mientras las formas negras, entre ellas la tipografía, sujeta la levedad en el libro.

    Son los libros que Javier Zabala ilustra recorridos naturales que asemejan el estar mirando un bosque de pinos por la montaña, líneas prolongadas, troncos negros que emergen de un valle blanquísimo, formas que vibran colgadas una sobre otras, reunidas, aciculadas, pendientes de un viento que las mueva. Dice el poeta, “algo que yo no sé sabe la hoja que vibra en aquella rama”, y es cierto, la intuición es una forma de escuchar lo que no sabemos. Y Zabala escucha y muestra y erige desde la intuición. Toda imagen se mece silenciosamente frente al texto, no lo interrumpe, sino lo alarga, transformándolo en un bosque. Son libros ilustrados que se convierten en un collage de hojarasca melancólica, la silueta del negro. Negro de letras y negro de sombras, negro en la pluma y negro en la pupila; papel herido que se alivia con el aire blando del silencio, siempre el silencio: rama en penumbra que se mece en la mansedumbre.
    Se trata de la construcción desde la posibilidad del trazo, de la riqueza gráfica del accidente, muy cercana al azar, del diálogo equilibrado entre inmediatez y perspectiva, donde el a priori indica, pero el a posteriori  compone. De ahí que toda seña plástica superpuesta se allane al dibujo, porque aún en la oposición del material Zabala integra "el todo" bajo una estética permanente. Formas de una misma fenomenología. Siempre un intento de equilibrio bajo la intuición y el presentimiento.

    Tim Knowles, artista británico, sujeta esta fenomenología y construye otra forma de poema gráfico muy parecido al trabajo de Zabala, ambos obtienen una línea oscilante. Knowles ata varias plumas en diferentes ramas de un mismo árbol, que está expuesto al viento y distribuyendo, según su orientación compositiva, sobre un lienzo que se encuentra debajo de ellas, logra una serie de trazos que provienen del movimiento que las ramas han dejado por el viento. Las trazos de la brisa. La muestra visible de ese supuesto azar, certeza de esa pertenencia del equilibrio que nos rodea, el rasgo natural de todo lo que es.

    Así la construcción de las ilustraciones de Zabala se erigen literalmente como caligrafías que se esparcen a través del movimiento de su propio aliento, señas plásticas que se permiten visual y conceptualmente concatenarse a otros cuerpos, a otros recursos, es la intuición la que las recoge; líneas, color, recortes, trozos de papel, fragmentos, papel sobre papel, color sobre color, Zabala los reúnen para plasmar la metáfora de esta acumulación que es el tiempo: instante sobre instante. Formas intuitivas que se pertenecen a sí mismas y con las que se perciben otra idea del mundo.
Con Zabala nunca ha sido más evidente la idea de que el libro reúne al mundo y que este lo transforma. Ya que su discurso reúne y transfigura todo gesto, todo visaje. La línea se convierte en figura, la mancha en forma y el color en vestimenta, siempre conservando ese gesto, aún en sus volcados negros. Es memoria que vibra incesantemente, que recuerda la oposición del material, de las horas en el estudio y la huella de la mano. Así la impronta entonces, se vuelve unas veces hombre o otras animal, unas veces casa o otras árbol, se vuelve río y se vuelve mar y el negro se convierte en noche y la noche, bajo la pluma, se contrae en estrella diminuta para comenzar nuevamente como jeroglífico. El trazo ciego se vuelve mundo.

    Es además de toda su estética una adhesión a la voz poética, alargando el texto con su visión. Y si el escritor dice que “la estrella se ha apagado”, él arrostra su oquedad en una persona, si el poeta dice “una noche lejana”, él le pinta alas y la vuelve santidad. Es un trabajo que resignifica en la relación directa al acto de la lectura y la imagen, yuxtaponiendo a la voz, la otra voz de la ilustración que extiende la lectura.

    En esta vastedad de elementos, de valoración en el trabajo erigido desde la intuición, de escritura significativa, que Javier Zabala regresa al dibujo esa memoria de la posibilidad  donde el dibujo se torna poético. Es anverso franco de una idea sobre ilustración a la par del numinoso anverso que es la ejecución, caligrafía que sucede con toda sobriedad.
Mapas de tiempo, trozos de trazos que deja la mano, el pincel, la mirada, la voz. Pareciera como si cuando niño el ser, se mostrara así mismo en sus primeras dibujos pero con los ojos de un maestro antiguo que sabe escuchar.
Una obra por la que la tinta negra regresa al árbol de la hoja blanca y vibra con aquello que intuimos.

miércoles, 9 de junio de 2010

Ríos

 


El árbol crece sobre el lago del cielo.

viernes, 21 de mayo de 2010

océanos II





(mar soñando un mar)





viernes, 23 de abril de 2010

Traductores literarios.

El ilustrador es como el traductor literario, tendría que ser así. Transmutando al mundo. Como Cortázar  a Allan Poe, como Octavio Paz a Mallarmé, escuchas de la "voz callada que hay debajo de la letra".

Ilustrar para mirarla.

martes, 13 de abril de 2010

La composición en la ilustración.

Disponer las formas en la hoja como idea de tiempo y ralentizarlo para que continúe la escritura.
Así su pertenencia al libro.

Si acaso el estilo.

Posibilitar el carácter de la voz, no del estilo. En tal caso permitir sólo el estilo vivo, esa continua invención. Así, la voz es fecundidad del mundo.
Nada por inventar.

lunes, 15 de marzo de 2010

Ojos

 

La materia es tiempo.
Tiempo lentificado.
Dios ha querido mostrarnos el tiempo.


(si tuviéramos ojos).


jueves, 18 de febrero de 2010

Trazos

Buscarnos en el blanco del papel.

martes, 16 de febrero de 2010

Ventana

Lo incierto es esa diminuta ventana que nos muestra sólo una pequeña parte de un gran lugar, el resto lo creemos.
Es ahí donde florece la imaginación.

sábado, 13 de febrero de 2010

La vereda del libro álbum.

Kundera habla de las diferencias entre las veredas y las carreteras, una diferencia entre el mundo antiguo y el mundo moderno: el transitar y la prontitud.
En una, el andar se lleva y se dibuja dependiendo de la geografía del lugar, en la otra, el trazo irrumpe buscando la línea más corta entre un lugar y otro. La vereda lleva su tiempo y permite la contemplación, mientras la carretera pretende no demorar en absoluto concentrando rigurosamente toda mirada, de tal forma que el hombre se desvanece hasta que arriba al lugar, a diferencia de la vereda en la que el hombre nunca deja de percibirse.

Si, los caminos se han soslayado.  Trasladarnos ahora es tiempo perdido, es vida anulada.  El transcurrir se ha confundido con la tardanza y lo inmediato lo requiere todo.
Ese vértigo que atrae sin demora, vivir pronto, rápido, inmediato. Transitar las súpercarreteras. Hemos olvidado el tiempo que nos prolonga. Lacónicamente nos hemos vueltos tan prontos.

Entonces, la antigua lentitud del ser para andar.

En ello, el libro álbum debiera ser tan antiguo, porque en su naturaleza generadora arraiga al lector la necesidad de equilibrarse en esos espacios, con otros ritmos, con otros tiempos, con la belleza de la lentitud, a contraposición de lo cotidiano y su velocidad. El libro álbum es contrapeso cultural de la forma inmediata, es espacio siempre mediato, territorio oscilante, donde lentamente transcurrimos.
Entonces construir el enclave del libro álbum es trazar las geografías que permitan el tiempo dilatado, donde se pueda estar incesantemente: una lectura construyendo antigüedad.
El libro álbum debe ser ruptura del tiempo-inmediato para recuperar el tiempo-prolongado. Donde la idea de lo humano vuelva a ser vereda, donde nos opongamos a lo inmediato, "la extensa morada".
Por ello la necesidad del discurso profundo y contenedor, porque un libro álbum es morfología del andar. Y somos, los ilustradores, mitad de ello.

viernes, 12 de febrero de 2010

Color blanco

 


La voz del libro es la memoria perdida.



jueves, 11 de febrero de 2010

Memoria

  


Recordar. Del lat. Recordari, Re (de nuevo) y cordis (corazón). 
"Volver a pasar por el corazón".
1. tr Traer a la memoria algo.



Tan parecidos.

La nada.
Nosotros.
Los recuerdos.

Ahora sabemos que no existe el espacio, y que la materia en veces es onda y en otras partícula, por eso la percepción, por eso el recuerdo.
Entonces, ahora, con la noticia, entendernos como seres llenos de recuerdos nos alivia.

Entonces sí. 
El corazón sigue siendo origen de la razón y la memoria nuestra casa. 



 

jueves, 4 de febrero de 2010

Dibujo

 

 The Trustees, Kitagawa Utamaro


no existe el hombre,
no existe la mujer.
Solo el trazo de ellos.




El odenador y la ficción.


“Yo’’: una ficción de la que a lo sumo somos coautores.
Imre Kertész


I

La idea de trabajar directamente en un ordenador sin medios tangibles, además de presentar las cuestiones permanentes sobre el soporte de la obra o sobre la carencia de un original, termina por cuestionarnos indefectiblemente a nosotros mismos.
Como la irreductible duda que se plantea cuando el ordenador se apaga: ¿dónde quedamos?, ¿qué queda de uno mismo?, y ¿dónde está nuestro trabajo?.

El trabajo digital se construye en un espacio muy parecido al de la ficción, donde las imágenes figuran ilusorias y hasta cierto punto parecen no existir. Como cuando al terminar de contar una historia queda solo el recuerdo. El recuerdo en nuestra memoria: espacio de la imaginación.
Los artistas zen, siempre nostálgicos, contemplan y meditan observando. Después blanden el recuerdo sobre su lienzo.
Kitagawa Utamaro pensaba y recordaba mirando, volcaba en la ejecución de su lápiz el registro de la contemplación de la memoria, los registros eran interpretación del mundo y esa interpretación del mundo construían su pensamiento. Así, la mirada que medita sobre el mundo persiste, como una imagen que se vuelve  recuerdo.  Aún más, la imagen persiste y trasciende, y el recuerdo, entonces, nos piensa, nos inventa.
Un espacio ficticio que nos va construyendo, que nos va registrando bajo la luz del pensamiento, que nos permite urdir el recuerdo y la imaginación en un mismo lienzo. Mirada que devana la luz de lo que imaginamos.
Transfigurar los perceptos del mundo en invenciones a través de una ilustración digital, es justamente arraigar la mirada en todo lo que nos es cierto. El mundo se abstrae y se devuelve.


II

Todo se observa a través del diafragma del ojo sucediendo la mirada, como el monitor de un ordenador enhebra la imagen digitalizada de un mundo que sucede en la percepción de un ilustrador. Su reflexión debe transformar esos recursos en elementos inventivos, alejándose del del kitsch digital y separándose, como se separa la ficción y el pensamiento, del mero fingir.
Instrumentalizar así el trabajo, permite que lo digital ocurra a través del pensamiento.  Esta conceptualización debe destruir el paralogismo de que la ilustración digital es mera imitación.



 III

No hay nada tan ficticio como una ilustración digital, como su trazo sin impronta reproduciendo perceptualmente una impronta. Ficticio, como el Ukiyo-e  toma su pensamiento para construirse.
Precisamente esas construcciones son las que colocan el trabajo digital en los mismos espacios de la ficción, un hilo concreto de un mundo inasible; es el infinito hilo del artificio que enhebra la imaginación por el pensamiento. Trabajar con un ordenador es trabajar con la reflexión de la mirada, no con la luz, sino con el reflejo que incide en el ojo; mirando, enfocando, diafragmando el mundo, iluminando desde la memoria y el pensamiento.  No hay lienzo de algodón o de papel, no hay planitud, no hay registro del material, sólo una ventana que deja ver las figuraciones del pensamiento que se graban en un archivo digital.
Como la fotografía que guarda la luz, la memoria guarda la mirada y el ordenador guarda lo que imaginamos.  Es como dibujar con el halo de luz del barroco, alumbrando solamente lo que podemos ver en esta gran oscuridad:  ventana otra vez.

 


IV

Si.  Nos alejamos de la mesa en donde el cuerpo se instrumentaliza y prolonga su peso en el soporte proyectando su propio accidente plástico, pero nos acercamos directamente a la mirada que ejerce otro peso para abrir una gran ventana:  Fictio formarum, la formación del mundo a través de la luz.

Así pues, esta idea de no contacto, de no tangible, que es lo que desarraiga el trabajo digital, paradojicamente, es la misma naturaleza que le permite construir en los mismos espacios donde ocurre la imaginación y la fantasía, alumbrando nuestro posible.  Convirtiendo este gran “artefacto˝, el rígido ordenador, en la impronta de una imaginación flotante.

V



Efectivamente, el monitor es una gran ventana de lo posible.





domingo, 24 de enero de 2010

Conversación

Hoy tuve una platica con el elefante, y le preguntaba:
 – Lo dicho que conoce es una exhalación?
– si
– Y el silencio que imagina es una inhalación?
– si
Entonces le volví a preguntar:
– Y el pensamiento, qué es el pensamiento?
Sin dejar de mover su nariz contestó:
– El pensamiento es la respiración.

Si, el concepto es la respiración de nuestro trabajo.

miércoles, 20 de enero de 2010

Paisajes de Lanzarote

Parafraseando a Saramago:

"Quién lee, ¿para qué lee? ¿Para encontrar o para encontrarse? Cuando el lector asoma a la entrada del libro, ¿es para conocerlo o para conocerse en él? ¿Pretende que la lectura sea un viaje de descubridor por el mundo del libro, como tantas veces se ha dicho, o, incluso, sin querer confesarlo, sospecha que ella no será más que un simple pisar de nuevo sus propias y conocidas veredas? ¿No serán el libro y el lector como dos mapas de carreteras de regiones diferentes que, al sobreponerse, uno y otro convertidos en transparencia por la lectura, se limitan a coincidir algunas veces en trozos más o menos largos del camino, dejando inaccesibles y secretos espacios de comunicación por donde apenas circularán, sin compañía, el poeta en su poema y el lector en su lectura?". Sea pues la geografía de la ilustración, un hermoso paisaje en el que siempre andemos una y otra vez.

Cuadernos de Lanzarote
(1993-1995)
José Saramago

Silencios (la imagen)

Palabras de un mudo,
demiurgo,
sempiterno.
Siempre así.
Ilustrador de libros.

martes, 15 de diciembre de 2009

La metáfora.

Nube atada a una piedra.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Trabajar con la intuición.

Creo en la intuición como forma natural para acercarse al texto, siempre obtengo una idea a priori de él. Esta es el alma de todo trabajo, de ella me nutro al trabajar; las palabras, las imágenes, las ideas. Siempre surgen de la primera intuición. A ella me ato, a ella siempre regreso cuando me pierdo.
Un recorrido vital que termina en un conocimiento. Acercarse, alejarse, nombrar.
De ahí que creo que siempre me moveré en lo incierto, en las imágenes inciertas, porque, al igual que el lector (eso deseo), entenderé la idea solamente hasta después de haber concluido en una reflexión.
La intuición es el primer paso hacia eso que de alguna manera nos espera. Entender, entonces, es detenerse y observar ese andar.
Lindo paseo el conocimiento.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Ilustración

La ilustración es una escritura que se lee en silencio, que se dice en silencio, la escritura del silencio.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Otras lluvias




"La flor rechaza a toda palabra que empaña su color"
dijo el poeta.



Las que uno pueda imaginar siempre serán nimias.
Disculpas, pues, por la torpeza.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Vocablo visual


La voz dice,
el silencio imagina.

Un libro.

Vocablos en silencio.

Ilustrar en los espacios de las palabras con vocablos visuales es encontrar una escritura que conserva el rasgo más poético de la palabra, un lenguaje que se dice en silencio. La palabra que es siempre pensamiento.

Construir no sólo con signos, sino con vocablos visuales que enuncien y que moldeen toda estética en el trabajo.

Los vocablos visuales en una ilustración alumbran la imagen en su origen como lenguaje, la erigen en pensamiento. Permiten una sintaxis que se nombra. No sólo la estética formal o su andamiaje conceptual, sino, además, el lenguaje de vocablos que posibilita profundidad en la lectura. El paisaje que nos hace hablar "a solas".

Sí, la voz dibuja la forma ciega.

Hacer proposiciones visuales que, además de reconocerse y significar, se lean en una nueva posibilidad; construir así, en la naturaleza de la escritura, es renovar y consolidar el lenguaje. Entonces el objeto renacerá en el mundo y la ilustración vendrá de su lectura.
Así es como apropiamos el universo y lo transfiguramos en mundo, a través de nombrarlo, la magia que hace que los objetos se conviertan en pensamiento. Es esa escalera que une lo de aquí y lo de allá, el axis mundi. Lo que es el libro y lo que imagina el lector. Un péndulo ontológico
En ese acto, la palabra figurará la forma y la forma enunciará la ilustración, un juego fantástico: el origen antiguo de todo lenguaje, la abstracción y la simbolización, pero además, la enunciación. El juego de un cuenta cuentos. Será por eso que los ilustradores somos mentes antiguas.
Y es que la palabra es esa gravedad que sujeta la forma pero que a la vez, la eleva en el imaginativo. El equilibrio exacto moldeándolo todo.
La ilustración debe ser así, la escalera desde lo más profundo hasta lo más alto, los escalones de los silencios, la palabra que nombra pero que no se dice.
Leemos las ilustraciones a través de visualizarlas y las abstraemos al mundo en sus palabras. La imagen sucede.
De ahí la importancia de un buen uso de la palabra en los ilustradores, que no solo sustente el pensamiento, sino que además, le devuelvan (y la devuelvan) a la imagen ese poder evocativo originario. Al final habitamos siempre de cerca el primer acto del lenguaje, imaginar.

Las palabras son imágenes, las imágenes son palabras.

Sí, la ilustración ocurre.

Es esa línea que trazamos en silencio con la voz de la palabra la que figura nuestras ilustraciones. Es mostrar, no decir; el lector es el que dirá, como cuando leemos un poema y nos quedamos callados, esperando imaginar en silencio.

domingo, 1 de noviembre de 2009

sábado, 31 de octubre de 2009

Escalera

Cuando empecé a ilustrar, entender la presencia de las escaleras en las imágenes fue un motivo de trabajo. Siempre en todo, desde la sinfonía natural hasta la historia si fin. La idea de la escalera permanecía constante, siempre presente en mis ilustraciones.

Era la necesidad de entender hacia dónde iba y para qué estaba. Una figura ciega.

Entonces conocí el trabajo de Troshinsky, y ahí estaba, de pie, apoyada en la nada y llevando a la nada, mientras un viento soplaba sin decir nada. La ilustración.

La idea misteriosa de su permanencia había sido descifrada.

Días después, prometí no volver a dibujarla. Para qué, si ya todo estaba dicho. Una vez subida, arrrojarla.

Desde entonces solo la imagino.

domingo, 25 de octubre de 2009

Melancolía

Nos arropan vestidos de negro
mojados de nostalgia.
De nada nos salvan
nos cubren.

Posiblemente eso que llamamos alma.

lunes, 5 de octubre de 2009

Sobre océanos

Cada vez que miro a algún niño o alguna niña sola,
mirando al vacío, sin hablar, quieto y en silencio,
quedo tan mudo y prolongado como un abismo,
un abismo interior que se desborda.
Entonces imagino lo que calla.
Un océano de noche.




Recuerdo ese principio físico que dice que un vacío siempre será inundado por algún cuerpo, creo yo, incluso, sea ese cuerpo, otro vacío. Y precisamente hace tiempo, observando algunas ilustraciones que tenían la coincidencia de tener como figura principal a niños mirando en silencio (no porque me lo hubieran solicitado sino porque yo terminaba siempre en la misma imagen), me hicieron reflexionar sobre esa impresión que uno le sucede cuando observa a alguien que tiene la mirada “perdida”, allí el juego de dejarme inundar por la imaginación planteó la posibilidad.


La idea de una ilustración anclada en la propuesta figurativa de un dibujo realista, a veces es como una gran roca, de la cual es difícil encontrar oquedad alguna en dónde depositar el concepto.
El reto de hallar el espacio en dónde habite el concepto, y aún más, que el concepto del ilustrador, pueda inundar lo que ya está dicho, es nuestro acto supremo como paráfrasis con el que enfrentamos un texto. El discurso del ilustrador, por lo tanto, tiene que buscar la forma de inundar todo cuerpo estético. Esto sostiene cada ilustración. El ejercicio de imaginar lo que dice la mirada al vacío, lo que se dice en silencio: La paráfrasis.

Una técnica bien ejecutada en la imagen siempre sirve para soportar cualquier ilustración, pero además debe haberse desarrollado toda una significación para desplegar las lecturas. Es ese llano en donde uno hace semántica de los elementos visuales, los colores, las texturas, los objetos, las miradas (para mi, la escena de la ilustración). El signo estético realista de lo figurativo no supone, entonces, una limitación, como la roca a la ola tampoco lo hace, y justamente este proceso será el comienzo para delinear el trabajo empujando (moldeando) la estética figurativa.

Mi problema, siendo ilustrador que intenta dirigirse hacia soluciones más expresivas, es que encontraba en esa serie una apariencia de no caber nada más que la armonía de las figuras, creía que me allanaba en el mero logro de la técnica, que terminaba con escenas efectistas, además de que varias de ellas pendían cada vez más de los hilos del realismo, asunto muy conflictivo para mi. Sin embargo, estos eventos, los de los niños en silencio y los de imaginarme lo que dicen, me han enseñado cómo el silencio es una marea que emana del pensamiento y que puede inundarlo todo. Entonces los significados de cada elemento que construyen la ilustración habrán sido permeados por el concepto, un simbolismo en estratos. Y es que la imagen realista de una ilustración debe ser una roca empujada por el oleaje de un pensamiento, debe transminarse por sus elementos, rezumarla. El rumor del mar en la noche.
Es verdad que mi intento en estas ilustraciones por alejarse de los rasgo tan realista no prosperó y aunque siempre intenté estilizar la figura para trasformar la ilustración a través de algunas líneas expresivas y registros sueltos jamás lo logré, también reconozco que esa incapacidad observada en un momento justo e imaginativo, me ha permitido indagar en la metáfora y utilizarla como esa marea del pensamiento. Así que creo ahora (siempre a posteriori) que este trabajo corre por esos espacios.
Entonces concluyo: toda la realidad inmediata e imaginada será un lugar llano mientras no sepa a dónde ir con las manos. Ahí, esa oquedad estará siempre enterrada en espera de habitarla, hasta que aprendamos a inundarla.
Es verdad, además de trabajar en la ficción de lo digital, tengo su ventaja, y la técnica será mi piedra en dónde estar hasta que pueda desbastarla completamente. La fatalidad es que siempre he querido mirar hacia otros lados. Sin embargo, ya no me importa.
Ahora pienso en que las rocas pueden transformarse de otra forma: inundándolas, y que sus silencios deben emprenderse para imaginarlos.

Y a este tiempo en que varias entregas con varios editores me han hecho verlas juntas y que pretendo, además, conocer mi trabajo en la reflexión, dilucido sobre su construcción y entiendo que el simbolismo es una forma de inundar y que la metáfora es una forma de profundizar.
Es entonces que observo esa posibilidad de ceñir el concepto al borde de lo llano de cualquier estética para que la idea sea cal húmeda. Lo llano de una buena técnica y de un dibujo logrado, que en términos plásticos convierte la apariencia en un cuerpo duro, significa oquedad. Y hay que empujarlo hasta cubrirlo todo. Queda siempre el universo de significar los elementos.
Hacer arena de la roca. Un dibujo de “paisaje” que se adentra en la mirada.
Delinear siempre las imágenes como las olas hasta trasminarlas, nombrar sus cometidos simbólicos, empujarlas a la oración del concepto, cada elemento pensado formará la escritura. Es cierto, lo figurativo está rodeado de un inmenso océano que nos mira y nos escucha, nosotros andamos sus límites. La nada mirando a la nada.
Construir dentro de la oquedad de la imagen. Ese es el espacio que hay que inundar, que escribir siempre que uno ilustra.
La ilustración, además de su primera lectura, debe desbastar los límites del texto inundándolo todo, sea cual fuera su estilo plástico.
El trabajo, así, permitirá la estancia del lector y el libro podrá abismarse ante la mirada, ante la lectura y tal vez prolongarla. El hecho de significar imágenes (tal como un acto semántico en donde uno significa, dice, nombra), permitirá delinear la ilustración, sesgando el cuerpo sólido de la técnica.
En la imagen hay una vastedad dispuesta a decirse. Un hueco dentro de otro hueco dibujando una silueta, la forma de un abismo dentro de un cuerpo parecido al de un niño mirando al vacío.


Sobre las imágenes de abajo tituladas en serie: Océanos

viernes, 2 de octubre de 2009

Océanos









conaculta 2009 y siruela 2009


domingo, 27 de septiembre de 2009

El libro

todo aquello que es mundo

miércoles, 19 de agosto de 2009

Ideas de entrevista

E.C. Ilustrar poesía es tal vez un reto mayor que ilustrar narrativa, ya que necesita un grado de interpretación más grande, pero al mismo tiempo no se debe querer "traducirla", ¿para ti cómo fue este reto?. Las necesidades son las mismas a la hora de proponer una ilustración,

G.P. El ejercicio de la paráfrasis me ayudo mucho a explorar el texto y prepararlo para construir las imágenes. Efectivamente, no se trataba de representar o de reiterar la idea, sino de generar objetos reflexivos, elementos legibles, imágenes conceptuales que apuntaran a los recorridos de los poemas.

Este proyecto en particular suponía construir un libro evitando el cliché que deteriora cualquier libro, así que la propuesta se encaminó a plantear imágenes que dialogaran, y que, en sí mismas, fueran un tipo de escritura para que el lector encontrara, en diferentes tiempos, las posibilidades de un discurso siempre hilvanado al concepto del libro.

Yo, en ese particular, aprovecho mucho el silencio que existe cuando se lee poesía, y lo entiendo como ese espacio donde se genera el pensamiento, ahí es donde me interesa construir mis imágenes.

E.C.¿Cómo se decidió la partición de los poemas para ilustrarlos, ya que a veces se ilustra una estrofa y a veces dos? ¿Dependió de la edición y del ajuste de páginas?

G.P. La partición fue a cargo de la editora, así que a mi me dieron el libro en páginas y sencillamente me puse a trabajar. Aunque yo empiezo a ilustrar en el centro de un texto, no importando dónde se encuentre, sea al comienzo o sea al final, lo que importa es ubicar justamente ese centro, entonces trabajo sobre esas palabras y dependiendo de la partición desgloso ese centro en varias imágenes.

E.C.El fondo de tus ilustraciones son también el fondo de los poemas, ¿lo decidiste así?

G.P: si, normalmente trabajo a doble página, la idea es recoger tanto la tipografía como los elementos visuales en una misma atmósfera, se entiende que cada doble página es una unidad, como una frase elaborada con varias palabras; una idea, una fotografía o un dibujo que se enhebran en una sola página. Al final todo se vuelve legible en una oración.

E.C.En ocasiones, como en "Una nariz pegada", las ilustraciones plantean una historia redonda y hasta se siente una facilidad del ilustrador, ¿te sentiste más cómodo ilustrando algunos textos? ¿Cuáles te gustaron más y cuáles te plantearon un reto mayor?

G.P. a veces sucede que algunos textos sugieren más que otros, y en veces los ilustradores encontramos una solución más pronta que otra, tal vez por afinidad, tal vez por empatía. Sin embargo la fluidez en la lectura no tiene que ver con la comodidad para resolver un texto, eso depende mas del lector.

Siempre he pensado que, definitivamente, el tiempo en que un lector pueda estar en una imagen significa la estancia que ha hecho el ilustrador en cada ilustración para profundizarla.

E.C.La poesía puede ser muy visual, ¿qué tanto las metáforas de los poemas te inspiraron para hacer tus propias metáforas en imagen?

G.P. Completamente. Digamos que fueron el lugar de donde partí siempre. Sin un lugar de dónde partir o de dónde iniciar un viaje, no podría imaginarse ilustración alguna.

E.C. La poesía es un género literario que puede llegar a ser muy complejo, por eso es un reto para los poetas conservar la sencillez al hacer poemas para niños, como ilustrador ¿pensaste en simplificar tus imágenes o creaste abstracciones sin autocensura?

G.P. no, siempre me ha gustado la poesía y mis ilustraciones corren sin concesión, sin embargo la síntesis siempre está presente en mi trabajo y eso ayuda a tener niveles de lectura.

Una jaula es algo concreto, identificable, legible por un lector, pero si además le ceñimos referencias o inferencias, bien podría ser la imagen de nuestro ser amoroso.

Yo ilustro, abismo la imagen, depende del lector hasta dónde quiera llegar.

E.C. En tus ilustraciones pareces usar muchas texturas, ¿qué tan importante es para ti esto?

G.P. La textura es el primer encuentro con el texto, es el registro de la luz que iluminará todos los elementos y que matizará todos los colores.

La textura es como adjetivar el color.

E.C.Al mismo tiempo, usas colores que parecen matizar las texturas y dar unidad a la imagen. Suelen ser colores bastante sobrios, pero alegres al mismo tiempo, ¿cómo explicarías tu paleta de colores y estilo para ilustrar?

G.P. mi paleta se construye en base a la economía de color para dar peso a los acentos, es utilizar las sombras y medias luces propias de cada color, los grises son color con poca luz, entonces un cenital, además de su valor dramático, es un acento instrumentalizado.

Es otra forma de presenciar el silencio, solo que a oscuras.

E.C. ¿Tuviste toda la libertad para ilustrar el libro o hubo alguna línea editorial a seguir?

No, fue de una entera libertad, digamos incluso de una libertad aterradora.

E.C. En cada poema hay ciertos colores, ¿cómo elegiste los tonos?

G.P. ese fue un mero ejercicio personal de luz, y era el primer color que me surgía a la hora de leer cada poema.

E.C. Finalmente, ¿qué te parece este reconocimiento de Bologna, donde se hace la feria de libro infantil más importante del mundo?

G.P. Para mí es una especie de retribución al editor, casi nunca se presta atención a ese trabajo que genera libros y es más que merecido ubicar una distinción por un trabajo que lleva a una propuesta a su publicación.

Entrevista de Elizabeth Cruz.

domingo, 16 de agosto de 2009

Poema

La mar quiso ser nube.

Eduardo Chillida

martes, 5 de mayo de 2009

miércoles, 10 de septiembre de 2008

La estética

Existir debe ser una imagen, en la que flotamos para no hundirnos.

miércoles, 11 de junio de 2008

El estilo

El estilo es una roca a la cual nos atamos, y que, como un escultor, hay que ir moldeándola hasta reducirla a nada.

miércoles, 16 de abril de 2008

Perpetua

Todos estamos solos,
nadie nos acompaña,
ni siquiera nosotros mismo.
La voz se disuelve.
Entonces, la palabra.

lunes, 14 de abril de 2008

árbol negro

"Que el vivir es solo soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive sueña
lo que es hasta despertar."

Calderón de la Barca


Desde la primera vez que lo leí me dejó una sensación de extrañeza, la misma sensación que regresa a mi cada vez que apago el ordenador (maldita sea). Por hoy pienso irme a dormir y dejar de dibujar árboles para esta ilustración. Dejo el libro que leo entre momentos y espero a que se apague el monitor.

Los escritores deben ser unos locos que nunca duermen. Estarán tras una ventana, sin poder dormir, mirándolo todo. (Y los editores deben dormir teniendo pesadillas).

Me pregunto si alguien soñará ahora.
¿Qué soñará?
¿Sólo dormirá?

Veo la ventana al fondo de la habitación. Es enorme.

Cuando al fin se apaga el ordenador todo queda en penumbra. La luz que había se vuelve oscuridad, la misma oscuridad por donde entra la madrugada.

Una luz entra, mis pies se iluminan.

Descalzo, a tientas, me levanto de la silla, me acerco a la ventana y veo el cielo, parece como si le hubiesen herido y llorara el aire.
Todo está bajo este cielo tan extraño. Todo está en silencio, como un mar sin nadie.

Entonces veo con claridad, los edificios se siguen, uno tras otro, se amontonan frente a esta ventana como los barcos se amontonan en el desguace esperando la muerte, ¿qué esperarán estos edificios?, ¿qué hace este mar aquí? (eso le dije hoy a ella). En medio de ellos, un árbol se va tejiendo, quieto, como un incendio que en silencio va cubriéndolo todo, manchándolo todo, "la sangre negra de un árbol".

Me pierdo.

Los edificios son proas enormes de barcos que esperan (ahora pienso).

Volteo y veo la mesa de madera en la que se queda el ordenador. Parece un árbol negro. Y en silencio, frente a él, me pregunto si habrá quedado guardado el archivo de forma adecuada en el disco duro. Aunque también me pregunto si existe siquiera el archivo.

¿Existe mi ilustración?
¿Qué es una ilustración digital?
¿Un archivo electrónico?
¿Kilobytes?
¿Información digital?
Una vez leí que estaban investigando si la información tiene peso, si pesa. ¿Pesarán los recuerdos?

Veo las estrellas.
Veo su luz de hace más de doce años. No las veo a ellas, solo esa luz que ha viajado más de doce años hasta mis ojos.
¿Qué hacía a los veintitrés? Seguramente veía una ventana y me preguntaba a dónde irían los sueños ¿Será así en otros doce años?

Nadie observa. Todos duermen. Parece que nada existiera. Todo se desvanece. Solo quedan los recuerdos; una ventana, ese árbol negro y las proas de esos barcos.

Sí, somos la sombra de un árbol negro entre cientos de barcos, esperando.

Ahora todo me es extraño, incluso mis pies. Mirándolos pienso en que tendría que hacer un respaldo del disco duro mañana. Respaldar el trabajo, me digo.

Y me imagino por un instante si se me perdieran las ilustraciones, si por alguna razón, al encender el ordenador, no aparecieran.
¡Dios!, ¿qué diría?

- Este, este..., perdona Ángel. No sé que pasó, ¡¡te lo juro!! Simplemente desapareció el trabajo. Ya no está. ¿Cómo?, no, no, te juro que digo la verdad. ¡Es cierto!, el ordenador está encendido, estoy seguro.
¿Has escuchado hablar de la luz de las estrellas?, no las vemos pero existen. Claro, vemos su luz, pero una luz que hace años no es de ellas. Yo recuerdo mis ilustraciones, ¿quieres que te las platique?
- En serio, tenía todo el proyecto resuelto pero, no sé, simplemente ya no está; igual en doce años pueda entregarte. No, no es broma, te lo juro. Ya, perdona. Es que no sé, no sé cuando podría entregar. ¡Dios! no sé que voy hacer. Está bien, lo siento.

Me recorre una angustia interminable.
Me cuesta trabajo salir de esta idea y me invade esa extrañeza de siempre. Simplemente me quedo frente a esta ventana, en la penumbra, sin poder notar la diferencia entre barcos y edificios; sin tener la seguridad, siquiera, de que ese árbol es un árbol.

Definitivamente no habría forma de demostrar que existen esas ilustraciones si se perdiesen en el disco duro. Y no habría diferencia entonces entre haber trabajado durante tres meses sobre ellas y el no haberlo hecho; y haber andado por ahí, caminando o sentado en un parque, mirando los árboles o soñando que dibujaba árboles. Salvo que tendría todos esos recuerdos que quedan cuando uno recuerda algo.
Yo las recuerdo ahora que el ordenador está apagado. Las tengo en mi memoria. Si cierro los ojos las veo claramente, aunque igual, ahora mismo puedo recordar otro árbol que nunca he dibujado. En tal caso, ¿aceptarían mis recuerdos como ilustraciones?

Dicen que somos nuestros recuerdos, que somos hechos de la misma materia con la que se hacen los sueños. Somos solo recuerdos soñados, imaginados, no más. ¿Y la vida?, ¿y mis ilustraciones?

¿Cuánto pesaré cuando sueñe?

Cuando Segismundo queda en la torre y despierta en completa oscuridad parece, por un momento, confundirlo todo. Parece incluso un sueño él mismo. Yo lo imagino con los brazos abiertos y cerrando los ojos: ¿Qué es la vida?, se pregunta; Una ilusión, una sombra, una ficción.

¡Dios! Ángel me va a matar. Será mejor que haga un respaldo ahora mismo. ¿Qué importa si los edificios parecen barcos o los barcos parecen edificios anclados? o ¿ese árbol, o lo que parece un árbol, está en medio de inmensas proas?

¡Puta!, tengo treinta y cinco años y ni siquiera tengo la certeza de saber qué es un árbol cuando miro lo que parece un árbol, y aunque fueran mil, jamás tendría la certeza. Parece todo una ilusión, una ficción. Mi trabajo, mis ilustraciones, los libros, este ordenador, la mesa, los días, la noche, los barcos, los árboles; todo es una ficción.
Personajes frente a una enorme ventana, en un cuarto de esta ciudad.

Volteo y el ordenador sigue en la mesa, solo, imperturbable, silencioso. La mesa parece de hollín. Solo hay una gerbera marchitándose en un vaso. No hay nada más. Ni un dibujo, ni un color, ni un lápiz, ni siquiera las palabras que leí en el libro. Nada. Solo yo, observando.

En la silla, por alguna razón, sigue el libro. Leo, "La vida es sueño".

Sigo observando. Entonces, desisto de todo y me voy a la cama.

Sé que nunca me dejará esta sensación de extrañeza que tengo al apagar el ordenador, de no estar seguro de que exista mi trabajo.
De tener siempre esta idea de haberlo soñado.
De que nunca existió este día.
De que no existe ilustración alguna que lleve un árbol.
De que no hay dibujos de barcos y de edificios.
De no tener siquiera la seguridad de que, el ordenador, encienda cada mañana.

Igual Segismundo está entre esos barcos, mirándome, haciéndome señas con sus brazos, observándome. O tal vez ahora que duerma, sueñe que me convierta en un árbol en medio de estos edificios. No sé.

Cierro los ojos.

Los barcos siguen en mi mente. Los veo. Están ahí (¿los imagino o los recuerdo?). Barcos anclados. Barcos de piedra. Entonces abro mis ojos y, enhiestos, me ven.

Me recuesto en la cama.

Mi cuerpo se hunde y mi cabeza flota en la almohada. Abro los brazos y miro el techo (dijo Saramago que era Dios). Le sonrío y cierro los ojos. Escucho los latidos tenues que hay en mi pecho y lo veo.
En la mesa el ordenador, imperturbable, desaparece.
Mientras, sobre un árbol, alguien me dibuja un barco.

Eso creo soñar.



Se hace día.

être égaré

La idea del ser humano como náufrago eterno, como pájaro de Lorca, el mundo como un sueño, como un sueño que navega en una botella en alta mar (être égaré,), al garete, jamás sabremos si llegará a alguna playa pero soñamos con ello, tal vez para imaginar y para desear que alguien, en algún momento, leerá lo que un día escribimos y no sentirnos tan solos.
La promesa en la escritura, en los libros, es justo esa botella que hace flotar nuestra vida.